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María, mediadora de todas las gracias

María, mediadora de todas las gracias
María, mediadora de todas las gracias

Para empezar, podemos decir sin duda que el título de “Mediadora” se justifica, y se aplica a todas las gracias con seguridad, por su cooperación en adquirir todas las gracias en el Calvario.

El título de mediadora de María surge de su cooperación en la Encarnación y en la Redención de la humanidad. Por su “sí” (Lc 1, 38), se convirtió en Theotokos (portadora de Dios) y, como “Nueva Eva”, es “Madre de todos los vivientes”.

San Ireneo escribió: “Así como la raza humana había sido ligada a la muerte por una virgen, por una virgen es salvada, siendo preservado el equilibrio, la desobediencia de una virgen por la obediencia de una virgen” (Libro “Contra las herejías”, 3, 22 , 19). Eva hizo posible la Caída, pero Adán la efectuó; María hizo posible nuestra Redención (al consentir en traer al Salvador al mundo), pero Jesús la efectuó.

Dios permitió que la Redención de la humanidad dependiera de la decisión del libre albedrío de un ser humano. Que tuviéramos o no un mediador dependía del “sí” de María. Si no hubiera habido un “sí” de María, no habría habido mediador. Así, se puede decir que las gracias que vienen a través de Jesús nos llegan, de manera secundaria, a través de María, no como el origen de las gracias, sino como un conducto.

En 1896, el sacerdote jesuita francés René-Marie de la Broise interpretó la encíclica papal Octobri mense del Papa León XIII como enseñanza de que todas las gracias de Jesucristo se imparten a través de María. Broise propuso que el pontífice hiciera una definición dogmática sobre el papel de María en la distribución de todas las gracias, pero no exigió que fuera en forma de declararla mediadora de todas las gracias.

La Iglesia Católica siempre ha enseñado que solo Jesucristo redimió a la humanidad (ni María ni ninguna otra criatura tenía el poder de hacerlo), y en última instancia solo a través de Él se obtiene la salvación y la gracia.

Incluso nosotros somos mediadores, en un sentido menor. La palabra mediador significa alguien que es un intermediario. En 1 Timoteo 2, 5, que se refiere a Jesús como el “único mediador”, la palabra griega para “único” es heis , que significa “primero” o “principal” y no denota algo exclusivo. De hecho, todos somos mediadores cuando oramos unos por otros. Como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, todos compartimos el papel de Cristo como mediador, pero nuestros esfuerzos por ser intermediarios “funcionan” sólo por lo que Él ha hecho.

Nuestra mediación de ninguna manera disminuye el papel de Cristo como mediador; de hecho, glorifica al Padre, porque es a través de Jesús que podemos acercarnos con confianza al trono de la gracia (Hb 4, 14-16). ¡Cuánto más Jesús da a Su madre María el privilegio de ser partícipe en la distribución de la gracia!

El Concilio Vaticano II (Lumen gentium 61-62), dice:

…padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia.

Esta maternidad de María en la economía de gracia perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador.

Jamás podrá compararse criatura alguna con el Verbo encarnado y Redentor.

Notamos que el Concilio Vaticano II no agregó las palabras “de todas las gracias”. Sin embargo, como señalan muchos textos papales, el papel de María en la dispensación fluye lógicamente de su papel en la adquisición de todas las gracias. Además, el mismo Concilio añadió una nota al pasaje anterior, en la que nos remite a los textos de León XIII, Adiutricem populi, de San Pío X, Ad diem illum, de Pío XI, Miserentissimus Redemptor, y de Pío XII, Radiomensaje a Fátima. .

León XIII, en el texto referido, habla de ella, como vimos más arriba, como poseedora de un “poder prácticamente ilimitado”. San Pío X dijo que ella era la “dispensadora de todos los dones, y es el “cuello” que conecta la Cabeza del Cuerpo Místico con los Miembros. Pero todo el poder fluye a través del cuello. Pío XII dijo: “Su reino es tan vasto como el de su Hijo y Dios, ya que nada está excluido de su dominio”. Estos y muchos otros textos hablan de diversas maneras de María como Mediadora de todas las gracias, tantas veces que la enseñanza se ha vuelto infalible.

¿Es su mediación meramente por intercesión, oración por nosotros a su Hijo y a Dios Padre? ¿O ella también juega un papel en la distribución de las gracias del Padre a través de su Hijo hacia nosotros?

Ya que María se asoció con su Hijo en adquirir la gracia para nosotros, ella también compartirá con él en distribuirnos esa gracia. Esto encaja bien con las palabras de los Papas, que la llaman la administradora de la gracia, es decir que ella la administra o dispensa. Entonces el Papa León XIII, en la carta encíclica Iucunda Semper Expectatione, dijo:

“… cuando Él [el Padre] ha sido invocado con excelentes oraciones, nuestra humilde voz se vuelve a María; conforme a ninguna otra ley que la ley de conciliación y petición que fue expresada así por San Bernardino de Siena: ‘ Toda gracia que se comunica a este mundo tiene un triple curso, porque por orden excelente es dispensada de Dios a Cristo, de Cristo a la Virgen, y de la Virgen a nosotros”.

Oración a María, mediadora de todas las gracias

¡Oh María!, Santísima e Inmaculada Madre de Dios, me presento ante ti, que eres Mediadora de toda gracia, tú que eres la más bella de las rosas.

Recibe mis súplicas, Santísima Madre de Dios, para que obtengamos la gracia de hacer que toda nuestra vida, todo lo que deseemos, todo lo que hagamos sea para alabar, y servir en todo a Nuestro Señor.

Madre reina de nuestros corazones, ten piedad de nosotros que somos pecadores, ayúdanos a limpiar nuestras almas de la mancha del pecado, para que un día podamos resucitar con Cristo y gozar de la gloria de Dios Padre en el Cielo, por los siglos de los siglos. Amén

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