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Milagros del Santo Rosario (por Saint Louis de Montfort) – Parte 2

Milagros del Santo Rosario, historias extraídas de El Secreto del Rosario (de Saint Louis de Montfort). Montfort Publications, Nueva York, 1954. Editado por Br Sean, un monje del coro, 2009.

Milagros del Santo Rosario
Milagros del Santo Rosario

Milagros del Santo Rosario

El Rosario, segundo memorial de la vida y pasi√≥n de Jes√ļs

Nuestra Se√Īora un d√≠a le revel√≥ al Beato Alan de la Roche que, despu√©s del sacrificio sagrado de la Misa, que es el primer y m√°s vivo memorial de la pasi√≥n de nuestro Se√Īor, en realidad no hubo despu√©s una devoci√≥n m√°s excelente o uno de mayor m√©rito que el Rosario, que es como un segundo memorial y representaci√≥n de la vida y la pasi√≥n de Jesucristo.

Remisión de los pecados

El p. Dorland relata que en 1481 nuestra Se√Īora se le apareci√≥ al Venerable Dominic, un cartujo dedicado al santo Rosario, que viv√≠a en Treves, y le dijo: “Siempre que uno de los fieles, en estado de gracia, dice el Rosario mientras medita sobre los misterios de la vida y la pasi√≥n de Cristo, √©l obtiene la remisi√≥n completa de todos sus pecados”.

Tambi√©n le dijo al Beato Alan: “Quiero que sepas que, aunque ya hay numerosas indulgencias vinculadas a la recitaci√≥n de mi Rosario, agregar√© muchas m√°s a cada cinco d√©cadas para aquellos que, libres de pecado grave, las digan con devoci√≥n, de rodillas. Y todo aquel que persevere en la devoci√≥n del santo Rosario, con sus oraciones y meditaciones, ser√° recompensado por ello; obtendr√© para √©l la remisi√≥n completa de la pena y la culpa de todos sus pecados al final de su vida.

“Y que esto no te parezca incre√≠ble; es f√°cil para m√≠ porque soy la Madre del Rey del cielo, y √Čl me dice llena de gracia. Y estando llena de gracia, puedo dispensar esto libremente, queridos hijos.”

Blanca de Castilla se convierte en madre gracias al Rosario

La santa Blanca de Castilla, reina de Francia, estaba muy triste porque doce a√Īos despu√©s de su matrimonio todav√≠a no ten√≠a hijos. Cuando Santo Domingo fue a verla, le aconsej√≥ que rezara el Rosario todos los d√≠as para pedirle a Dios la gracia de la maternidad, y ella cumpli√≥ fielmente su consejo. En el a√Īo 1213 ella dio a luz a su hijo mayor, que se llamaba Philip. Pero cuando el ni√Īo muri√≥ en la infancia, la Reina busc√≥ la ayuda de nuestra Se√Īora m√°s que nunca, y le entregaron una gran cantidad de rosarios a todos los miembros de la corte y a las personas en varias ciudades del Reino, pidi√©ndoles que rezaran a Dios por Una bendici√≥n que esta vez ser√≠a completa. Esto se le concedi√≥, porque en 1215 naci√≥ St. Louis, el pr√≠ncipe que se convertir√≠a en la gloria de Francia y el modelo de los reyes cristianos.

Jes√ļs perdona los pecados al rey Alfonso VIII

Alfonso VIII, rey de Aragón y Castilla, había llevado una vida desordenada y había sido castigado por Dios de varias maneras, y se vio obligado a refugiarse en una ciudad perteneciente a uno de sus aliados.

Santo Domingo estaba en esta ciudad el día de Navidad y predicó en el Rosario como solía hacerlo, y habló de las gracias que obtenemos a través de esta devoción. Mencionó, entre otras cosas, que quienes rezaban el Rosario devotamente vencerían a sus enemigos y recuperarían todo lo que habían perdido.

El Rey escuch√≥ atentamente y envi√≥ a Santo Domingo para preguntar si lo que hab√≠a dicho sobre el Rosario era realmente cierto. El Santo le asegur√≥ que nada era m√°s cierto y que si solo practicara esta devoci√≥n y se uniera a la Cofrad√≠a, lo ver√≠a por s√≠ mismo. El Rey resolvi√≥ rezar el Rosario todos los d√≠as y persever√≥ durante un a√Īo al hacerlo. La pr√≥xima Navidad, nuestra Se√Īora se le apareci√≥ al final de su Rosario y le dijo: “Alfonso, me has servido durante un a√Īo rezando mi Rosario devotamente todos los d√≠as, as√≠ que he venido a recompensarte. He obtenido de mi Hijo el perd√≥n de tus pecados”. Aqu√≠ hay un rosario que te presento; ll√©valo y te prometo que ninguno de tus enemigos podr√° hacerte da√Īo “.

Nuestra Se√Īora desapareci√≥, dejando al Rey lleno de alegr√≠a y muy animado; inmediatamente fue en busca de la Reina y le cont√≥ todo sobre el regalo de nuestra Se√Īora y la promesa que lo acompa√Īaba. Le toc√≥ los ojos con este rosario, porque ella hab√≠a perdido la vista y estaba curada.

Poco después, el Rey reunió algunas tropas y con la ayuda de sus aliados atacó audazmente a sus enemigos.

Los obligó a devolver el territorio que le habían quitado y a reparar sus pérdidas. Fueron completamente derrotados, y él tuvo tanto éxito en la guerra que los soldados vinieron de todos lados para luchar bajo su estándar, porque parecía que, cada vez que entraba en la batalla, la victoria seguramente sería suya.

Esto no es sorprendente porque nunca fue a la batalla sin decir primero su Rosario de rodillas. Se aseguró de que toda su corte se uniera a la Cofradía del Rosario y se aseguró de que todos sus funcionarios y sirvientes se dedicaran a ello.

La Reina también se unió a la Cofradía, y ambos perseveraron al servicio de la Santísima Virgen y vivieron vidas muy santas.

El primo de santo Domingo se salva por la devoción al Rosario

Santo Domingo ten√≠a un primo llamado Don P√©rez o Pedro, que llevaba una vida muy inmoral. Cuando √©ste escuch√≥ que su primo estaba predicando sobre las maravillas del Rosario y se enter√≥ de que varias personas se hab√≠an convertido y hab√≠an modificado sus vidas por medio de √©l, dijo: “Hab√≠a perdido toda esperanza de ser salvo, pero ahora estoy comenzando para animarme de nuevo. Realmente debo escuchar a este hombre de Dios “.

Entonces, un d√≠a fue a escuchar uno de los sermones de Santo Domingo. Cuando este √ļltimo lo vio, atac√≥ el pecado con m√°s entusiasmo que nunca, y desde lo m√°s profundo de su coraz√≥n le rog√≥ a Dios que iluminara a su primo y le permitiera ver en qu√© estado deplorable se encontraba su alma.

Al principio, Don P√©rez estaba un tanto alarmado, pero a√ļn no resolvi√≥ cambiar sus formas. Vino una vez m√°s a escuchar la predicaci√≥n del Santo y su primo, al darse cuenta de que un coraz√≥n tan duro como el suyo solo pod√≠a ser movido por algo extraordinario, grit√≥ en voz alta: “Se√Īor Jes√ļs, conc√©dele a toda esta congregaci√≥n que pueda ver el estado del hombre que acaba de entrar en tu casa “.

Entonces, de repente, todos vieron que Don P√©rez estaba completamente rodeado por una banda de demonios en forma de bestias horribles, que lo sosten√≠an con grandes cadenas de hierro. La gente huy√≥ en todas direcciones en terror absoluto, y el propio Don P√©rez se horroriz√≥ a√ļn m√°s cuando vio c√≥mo todos lo rechazaban. Santo Domingo les dijo a todos que se quedaran quietos y le dijo a su primo: “Infeliz hombre que eres, reconoce el estado deplorable en el que te encuentras y t√≠rate a los pies de nuestra Se√Īora. Toma este rosario, dilo con devoci√≥n y con verdadero dolor por todos tus pecados, y toma una resoluci√≥n para enmendar tu vida “.

Don Pérez se arrodilló y rezó el Rosario; entonces sintió el deseo de hacer su confesión, lo cual hizo con sincera contrición. Santo Domingo le ordenó rezar el Rosario todos los días; prometió hacer esto e ingresó su propio nombre en el registro de la Cofradía. Cuando salió de la iglesia, su rostro ya no era horrible de contemplar, sino que brillaba como el de un ángel. Posteriormente perseveró en la devoción al Rosario, llevó una vida bien ordenada y murió felizmente.

Los demonios confiesan a santo Domingo su miedo al Rosario y a la Virgen

Cuando Santo Domingo estaba predicando el Rosario cerca de Carcasona, le trajeron un albigense que estaba poseído por el demonio. El santo lo exorcizó en presencia de una gran multitud de personas; Parece que más de doce mil personas habían venido a escucharlo hablar. Los demonios que estaban en posesión de este miserable se vieron obligados a responder las preguntas de Santo Domingo a pesar de sí mismos.

Ellos dijeron: Que había quince mil de ellos en el cuerpo de ese pobre hombre, porque había atacado los quince misterios del Rosario; Que con el Rosario que él predicó, él puso miedo y horror en las profundidades del infierno, y que él era el hombre que más odiaban en todo el mundo debido a las almas que les arrebató por la devoción del Rosario.

Y revelaron varias otras cosas.

Santo Domingo puso su rosario alrededor del cuello del hombre poseído y les preguntó quién, de todos los santos en el cielo, era el que más temían, quién debería ser, por lo tanto, el más amado y venerado por los hombres.

Ante esto, soltaron gritos tan sobrenaturales que la mayoría de la gente cayó al suelo, atrapada por el miedo.

Luego, usando toda su astucia para no responder, los demonios lloraron y se lamentaron de una manera tan lamentable que muchas personas lloraron tambi√©n, por pura l√°stima natural. Los demonios, hablando por boca del albigense, suplicaron con voz desgarradora: “Domingo, Domingo, ten piedad de nosotros, te prometemos que nunca te haremos da√Īo. Siempre has tenido compasi√≥n por los pecadores y los angustiados; ten piedad de nosotros, porque estamos en una situaci√≥n penosa. Ya estamos sufriendo tanto, ¬Ņpor qu√© te deleitas en aumentar nuestros dolores? ¬ŅNo puedes estar satisfecho con los dolores que ya soportamos? ¬°Ten piedad de nosotros, ten piedad de nosotros!”

Santo Domingo no se conmovi√≥ en lo m√°s m√≠nimo por las pat√©ticas palabras de esos esp√≠ritus miserables, y les dijo que no los dejar√≠a en paz hasta que hubieran respondido a su pregunta. Luego dijeron que susurrar√≠an la respuesta de tal manera que s√≥lo Santo Domingo pudiera escuchar. Este √ļltimo insisti√≥ firmemente en que respondieran clara y audiblemente. Entonces los demonios se quedaron callados y no dir√≠an una palabra m√°s, ignorando por completo sus √≥rdenes.

Entonces Santo Domingo se arrodill√≥ y dijo esta oraci√≥n a Nuestra Se√Īora: “Oh, la m√°s gloriosa ,Virgen Mar√≠a, te imploro por el poder del Santo Rosario, que ordenes a estos enemigos de la raza humana que respondan a mi pregunta”.

Tan pronto como hab√≠a dicho esta oraci√≥n, una llama brillante salt√≥ de los o√≠dos, las fosas nasales y la boca del hombre pose√≠do. Todos temblaron de miedo, pero el fuego no lastim√≥ a nadie. Entonces los demonios gritaron: “Domingo, te suplicamos, por la pasi√≥n de Jesucristo y los m√©ritos de Su santa Madre y de todos los santos, dejaremos el cuerpo de este hombre sin hablar m√°s; porque los √°ngeles responder√°n a tu pregunta cuando lo desees. Despu√©s de todo somos mentirosos, entonces ¬Ņpor qu√© deber√≠as creernos? No nos atormentes m√°s, ten piedad de nosotros”.

“Ay de ustedes, esp√≠ritus miserables, que no merecen ser escuchados”, dijo Santo Domingo, y arrodill√°ndose rez√≥ a la Sant√≠sima Virgen: “¬°Oh, Madre de la Sabidur√≠a m√°s digna, estoy orando por las personas reunidas aqu√≠, que ya han aprendido a decir el saludo angelical correctamente. Te ruego por la salvaci√≥n de los presentes, obliga a estos adversarios tuyos a proclamar toda la verdad aqu√≠ y ahora ante el pueblo “.

Santo Domingo apenas hab√≠a terminado esta oraci√≥n cuando vio a la Sant√≠sima Virgen cerca, rodeada por una multitud de √°ngeles. Golpe√≥ al hombre pose√≠do con una vara de oro que sosten√≠a y dijo: “Responde a mi criado Domingo de inmediato”. (Vale decir que la gente no vio ni escuch√≥ a nuestra Se√Īora, s√≥lo a Santo Domingo).

Entonces los demonios comenzaron a gritar: “Oh, t√ļ que eres enemiga, nuestra ca√≠da y nuestra destrucci√≥n, ¬Ņpor qu√© has venido del Cielo para torturarnos tan gravemente? Oh, defensora de los pecadores, t√ļ que los arrebataste de las mismas fauces del infierno, Ustedes, que son el camino m√°s seguro al Cielo, ¬Ņdebemos, a pesar de nosotros mismos, decir toda la verdad y confesar ante todos qui√©n es la causa de nuestra verg√ľenza y nuestra ruina? Oh, ¬°ay de nosotros, pr√≠ncipes de las tinieblas!

As√≠ que escuchen ustedes, cristianos. Esta Madre de Jes√ļs es muy poderosa para salvar a sus sirvientes de caer al infierno. Es como el sol que destruye la oscuridad de nuestras artima√Īas y sutilezas. Es ella quien descubre nuestras tramas ocultas, rompe nuestras trampas y hace que nuestras tentaciones sean in√ļtiles e ineficaces

Tenemos que decir, sin embargo, de mala gana, que ning√ļn alma que realmente haya perseverado en su servicio jam√°s ha sido condenada con nosotros; un s√≥lo suspiro que ella ofrece a la Sant√≠sima Trinidad vale mucho m√°s que todas las oraciones, deseos y aspiraciones de todos los santos. La tememos m√°s que a todos los dem√°s santos del Cielo juntos, y no tenemos √©xito con sus fieles siervos.

Muchos cristianos que la llaman a la hora de la muerte y que realmente deber√≠an ser condenados de acuerdo con nuestros est√°ndares ordinarios se salvan por su intercesi√≥n. Y si Marietta (es as√≠ como en su furia la llamaron) no contrarrestara nuestros planes y nuestros esfuerzos, podr√≠amos haber vencido a la Iglesia y haberla destruido mucho antes de esto, y haber causado que todas las √ďrdenes en la Iglesia caigan en error e infidelidad.

Ahora que nos vemos obligados a hablar, tambi√©n debemos decirles que nadie que persevere en rezar el Rosario ser√° condenado, porque ella obtiene para sus sirvientes la gracia de la verdadera contrici√≥n por sus pecados, por lo cual obtienen el perd√≥n y la misericordia”.

Entonces Santo Domingo hizo que toda la gente rezara el Rosario muy lentamente y con gran devoci√≥n, y sucedi√≥ algo maravilloso: en cada Ave Mar√≠a que √©l y la gente dijeron, una gran cantidad de demonios salieron del cuerpo del miserable, bajo el disfraz de carbones al rojo vivo. Cuando todos los demonios fueron expulsados ‚Äč‚Äčy el hereje fue completamente liberado de ellos, nuestra Se√Īora, aunque invisible, dio su bendici√≥n a la compa√Ī√≠a reunida, y se llenaron de alegr√≠a.

Un gran n√ļmero de herejes se convirtieron debido a este milagro y se unieron a la Cofrad√≠a del Santo Rosario.

Las milagrosas victorias del conde Simón de Montfort

Es casi imposible dar cr√©dito suficiente a las victorias que el conde Sim√≥n de Montfort gan√≥ contra los albigenses bajo el patrocinio de Nuestra Se√Īora del Rosario. Son tan famosas que el mundo nunca ha visto nada que las iguale. Un d√≠a derrot√≥ a diez mil herejes con una fuerza de quinientos hombres; en otra ocasi√≥n venci√≥ a tres mil con solo treinta hombres; finalmente, con ochocientos jinetes y mil soldados de infanter√≠a, derrot√≥ por completo al ej√©rcito del rey de Arag√≥n, que ten√≠a cien mil hombres, y esto con la p√©rdida de su lado de solo un jinete y ocho soldados.

Protecci√≥n y auxilio de nuestra Se√Īora a Alan de l’Anvallay

Nuestra Se√Īora tambi√©n protegi√≥ de grandes peligros a Alan de l’Anvallay, un caballero bret√≥n. √Čl tambi√©n estaba luchando por la fe contra los albigenses. Un d√≠a, cuando se encontr√≥ rodeado de enemigos por todos lados, nuestra Se√Īora dej√≥ caer ciento cincuenta rocas sobre sus enemigos y fue liberado de sus manos.

Otro d√≠a, cuando su barco estaba a punto de hundirse, nuestra buena Madre hizo que ciento cincuenta peque√Īas colinas aparecieran milagrosamente sobre el agua y por medio de ellas llegaron a Breta√Īa con seguridad.

En agradecimiento a Nuestra Se√Īora por los milagros que ella le hab√≠a regalado en respuesta a su rosario diario, construy√≥ un monasterio en Dinan para los religiosos de la nueva Orden de Santo Domingo y, finalmente falleci√≥ en Orleans habi√©ndose convertido en religioso.

El escudo invisible de un soldado devoto

Othere, tambi√©n un soldado bret√≥n, de Vaucouleurs, sol√≠a huir de compa√Ī√≠as enteras de herejes o ladrones , usando su rosario en el brazo y en la empu√Īadura de su espada. Una vez, cuando hab√≠a vencido a sus enemigos, admitieron que hab√≠an visto brillar su espada, y en otra ocasi√≥n notaron un escudo en su brazo en el que estaban representados nuestro Se√Īor, nuestra Se√Īora y los santos. Este escudo lo hizo invisible y le dio la fuerza para atacar bien.

En otra ocasi√≥n derrot√≥ a veinte mil herejes con s√≥lo diez compa√Ī√≠as sin perder a un solo hombre.

Esto impresionó tanto al general del ejército de los herejes que buscó a Othere, se retractó de su herejía y declaró que lo había visto rodeado de espadas flotantes durante la batalla.

Los cristianos de Tierra Santa triunfan en batalla gracias al Rosario

El beato Alan relata que cierto cardenal Pierre, cuya iglesia titular era la de St. Mary-beyond-the-Tiber (Santa Mar√≠a m√°s all√° del T√≠ber), era un gran amigo de Santo Domingo y hab√≠a aprendido de √©l a tener una gran devoci√≥n al santo Rosario. Lleg√≥ a amarlo tanto que nunca dej√≥ de cantar sus alabanzas y alentar a todos los que conoci√≥ a abrazarlo. Finalmente fue enviado como legado a Tierra Santa a los cristianos que luchaban contra los sarracenos. Con tanto √©xito convenci√≥ al ej√©rcito cristiano del poder del Rosario que todos comenzaron a decirlo y asaltaron el cielo en busca de ayuda en una batalla en la que sab√≠an que ser√≠an, lamentablemente, superados en n√ļmero. Y de hecho, sus tres mil hombres triunfaron sobre un enemigo de cien mil.

Hizo un pacto con el diablo y es liberada gracias a nuestra Se√Īora

En 1578, una mujer de Amberes se entregó al demonio y firmó un contrato con su propia sangre. Poco después, sintió remordimiento y un intenso deseo de enmendar esta terrible acción. Entonces buscó un confesor amable y sabio para descubrir cómo podría ser liberada del poder del demonio.

Encontró un sacerdote sabio y santo, le aconsejó que fuera al padre Henry, director de la Cofradía del Santo Rosario, en el convento dominico, se enrolará allí e hiciera su confesión. En consecuencia, ella pidió verlo, pero se reunió, no con el padre Henry, sino con el diablo disfrazado de fraile. La reprendió severamente y le dijo que nunca podría esperar recibir la gracia de Dios, y que no había forma de revocar lo que había firmado. Esto la entristeció mucho, pero no perdió la esperanza en la misericordia de Dios y buscó al padre Henry una vez más, sólo para encontrar al diablo por segunda vez, y para encontrarse con un segundo rechazo. Regresó por tercera vez y finalmente, por divina providencia, encontró al padre Henry en persona, el sacerdote que ella había estado buscando, y la trató con gran amabilidad, instándola a arrojarse a la misericordia de Dios y hacer una buena confesión. Luego la recibió en la Cofradía y le dijo que rezara el Rosario con frecuencia.

Un d√≠a, mientras el padre Henry estaba celebrando misa por ella, nuestra Se√Īora oblig√≥ al diablo a devolverle el contrato que hab√≠a firmado. De esta manera fue liberada del diablo por la autoridad de Mar√≠a y por la devoci√≥n al santo Rosario.

Un monasterio con conductas deplorables se reforma gracias al Rosario

Un noble que tenía varias hijas colocó a una de ellas en un monasterio laxo donde las monjas sólo se preocupaban por la vanidad y los placeres. Su confesor, por otro lado, era un sacerdote celoso con una gran devoción al santo Rosario. Deseando guiar a esta monja hacia una mejor forma de vida, le ordenó que rezara el Rosario todos los días en honor de la Santísima Virgen, mientras meditaba sobre la vida, la pasión y la gloria de Jesucristo.

Ella emprendió alegremente esta devoción y, poco a poco, comenzó a tener repugnancia por los hábitos descarriados de sus hermanas en la religión. Desarrolló un amor por el silencio y la oración, a pesar del hecho de que las demás la despreciaban y la ridiculizaban y llamaban fanática.

Fue en este momento que un sacerdote santo, que estaba haciendo la visita al convento, tuvo una visi√≥n extra√Īa durante su meditaci√≥n: vio a una monja en su habitaci√≥n, embelesada en oraci√≥n, arrodillada frente a una dama de gran belleza rodeada de √°ngeles. Estos √ļltimos ten√≠an lanzas en llamas con las que repel√≠an a una multitud de demonios que quer√≠an entrar. Estos esp√≠ritus malignos huyeron a las habitaciones de las otras monjas bajo la apariencia de animales viles.

Por esta visi√≥n, el sacerdote se dio cuenta del lamentable estado de ese monasterio y estaba tan molesto que pens√≥ que podr√≠a morir de pena. Fue por la joven religiosa y la exhort√≥ a perseverar. Mientras reflexionaba sobre el valor del Rosario, decidi√≥ intentar reformar a las Hermanas por medio de √©ste. Compr√≥ un suministro de hermosos rosarios y le dio uno a cada monja, implor√°ndoles que lo dijeran todos los d√≠as y prometi√©ndoles que, si solo lo dijeran fielmente, no tratar√≠a de obligarlos a alterar sus vidas. Aunque parezca maravilloso y extra√Īo, las monjas aceptaron voluntariamente los rosarios y prometieron rezar la oraci√≥n con esa condici√≥n. Poco a poco comenzaron a renunciar a sus actividades vac√≠as y mundanas, dejando que el silencio y el recuerdo entraran en sus vidas. En menos de un a√Īo, todos pidieron que se reformara el monasterio. El Rosario logr√≥ m√°s cambios en sus corazones de lo que el sacerdote podr√≠a haber hecho exhort√°ndolas y orden√°ndolas.

El Rosario puede convertir corazones endurecidos

Yo, quien escribo esto (Saint Louis de Montfort), aprendí por experiencia propia que el Rosario tiene el poder de convertir incluso los corazones más endurecidos. He conocido personas que han ido a misiones y escuchado sermones sobre los temas más terroríficos sin estar en lo más mínimo conmovido; y, sin embargo, después de que, por recomendación mía, comenzaran a rezar el Rosario todos los días, con el tiempo se han convertido y entregado por completo a Dios. Cuando volví a las parroquias donde había dado misiones, he visto tremendas diferencias entre ellas; En aquellas parroquias donde la gente había renunciado al Rosario, generalmente habían vuelto a caer en sus pecados, mientras que en los lugares donde se rezaba fielmente el Rosario descubrí que la gente perseveraba en la gracia de Dios y avanzaba en la virtud día a día.

La historia de tres hermanas que vistieron a la Virgen rezando el Rosario

El beato Alan de la Roche y otros escritores, incluido Robert Bellarmine, cuentan la historia de c√≥mo un buen sacerdote aconsej√≥ a tres de sus penitentes, que eran hermanas, que rezaran el Rosario todos los d√≠as sin falta durante todo un a√Īo. Esto fue para que pudieran hacer una hermosa t√ļnica de gloria para la Sant√≠sima Virgen con sus rosarios. Este era un secreto que el sacerdote hab√≠a recibido del cielo.

Entonces las tres hermanas rezaron el Rosario fielmente durante un a√Īo, y en la fiesta de la Purificaci√≥n, nuestra Se√Īora se les apareci√≥ por la noche cuando se hab√≠an retirado. Santa Catalina y Santa In√©s estaban con ella, y ella llevaba un vestido brillante con luz, sobre el cual estaba escrito en letras doradas las palabras “Dios te salve Mar√≠a, llena de gracia”.

Nuestra Se√Īora se acerc√≥ a la hermana mayor y dijo: “Te saludo, hija m√≠a, que me has saludado tan a menudo y tan bien. Quiero agradecerte por las hermosas t√ļnicas que me has hecho”. Las dos santas v√≠rgenes que acompa√Īaron a nuestra Se√Īora tambi√©n le dieron las gracias y las tres desaparecieron.

Una hora despu√©s, nuestra Se√Īora, con las mismas dos compa√Īeras, entr√≥ de nuevo en la habitaci√≥n, pero esta vez llevaba un vestido verde que no ten√≠a letras doradas y no brillaba. Fue a la segunda hermana y le agradeci√≥ la t√ļnica que hab√≠a hecho al rezarle el Rosario. Pero como esta hermana hab√≠a visto a nuestra Se√Īora aparecer a la hermana mayor mucho mejor vestida, pregunt√≥ por qu√©. Nuestra Se√Īora respondi√≥: “Tu hermana me hizo ropa m√°s hermosa porque ha estado rezando el Rosario mejor que t√ļ”.

Aproximadamente una hora despu√©s de esto, se le apareci√≥ a la m√°s joven de las hermanas con harapos sucios y andrajosos. “Mi hija”, dijo, “quiero agradecerte por esta ropa que me has hecho”. La joven, avergonzada, grit√≥: “¬°Oh, mi se√Īora, c√≥mo podr√≠a haberte vestido tan mal! Te ruego que me perdones. Por favor, conc√©deme un poco m√°s de tiempo para hacerte una hermosa t√ļnica rezando mejor mi Rosario”. Nuestra Se√Īora y las dos santos desaparecieron, dejando a la ni√Īa desconsolada. Ella le cont√≥ a su confesor todo lo que hab√≠a sucedido y √©l las inst√≥ a rezar el Rosario por otro a√Īo y a decirlo con m√°s devoci√≥n que nunca. Al final de este segundo a√Īo, el mismo d√≠a de la Purificaci√≥n, nuestra Se√Īora, vestida con una t√ļnica magn√≠fica, y nuevamente atendida por Santa Catalina y Santa In√©s, con coronas, se les apareci√≥ por la noche. Ella les dijo: “He venido a decirles que finalmente se han ganado el Cielo, y todos tendr√°n la gran alegr√≠a de ir all√≠ ma√Īana”. Las tres gritaron: “Nuestros corazones est√°n listos, querida Reina, nuestros corazones est√°n listos”.

Entonces la visi√≥n se desvaneci√≥. Esa misma noche se enfermaron y enviaron a buscar a su confesor, y recibieron los √ļltimos sacramentos, despu√©s de haberle agradecido la pr√°ctica sagrada que les hab√≠a ense√Īado. Despu√©s de Compline, nuestra Se√Īora apareci√≥ con una gran compa√Ī√≠a de v√≠rgenes e hizo que las tres hermanas se vistieran con t√ļnicas blancas. Mientras los √°ngeles cantaban: “Vengan, esposas de Jesucristo, reciban las coronas que han sido preparadas para ustedes por toda la eternidad” y partieron de esta vida.

De esta historia se pueden aprender algunas verdades importantes:

  1. Cu√°n importante es tener un buen director que aconseje las pr√°cticas sagradas, especialmente la del santo Rosario;
  2. Cuán importante es rezar el Rosario con atención y devoción;
  3. Cuán amable y misericordiosa es la Santísima Virgen con aquellos que lamentan el pasado y están firmemente decididos a hacerlo mejor;
  4. Cu√°n generosa es al recompensarnos en la vida, en la muerte y en la eternidad por los peque√Īos servicios que le brindamos con fidelidad.

La oraci√≥n p√ļblica

La oraci√≥n p√ļblica es m√°s poderosa que la oraci√≥n privada para apaciguar la ira de Dios e invocar Su misericordia, y la Iglesia, guiada por el Esp√≠ritu Santo, siempre la ha abogado en tiempos de desastres y angustia general.

En su documento sobre el Rosario, el Papa Gregorio XIII declara que debemos creer, con fe piadosa, que las oraciones p√ļblicas y las procesiones de los miembros de la Cofrad√≠a del Santo Rosario fueron en gran parte responsables de la gran victoria sobre la armada turca en Lepanto, que Dios otorg√≥ a los cristianos el primer domingo de octubre de 1571.

De 700 a√Īos de purgatorio a s√≥lo unos pocos d√≠as gracias al Rosario

Flammin y un gran n√ļmero de otros escritores cuentan la historia de una joven de noble rango llamada Alexandra, que hab√≠a sido milagrosamente convertida e inscrita por Santo Domingo en la Cofrad√≠a del Rosario. Despu√©s de su muerte, ella se le apareci√≥ y le dijo que hab√≠a sido condenada a setecientos a√Īos en el purgatorio a causa de sus propios pecados y de aquellos que hab√≠a causado que otros cometieran por sus costumbres mundanas. Entonces ella le suplic√≥ que aliviara sus penas con sus oraciones y que pidiera a los miembros de la Cofrad√≠a que rezaran por el mismo fin. Santo Domingo hizo lo que le hab√≠a pedido. Dos semanas m√°s tarde, ella se le apareci√≥, m√°s radiante que el sol, y fue r√°pidamente liberada del purgatorio por las oraciones de los miembros de la Cofrad√≠a. Tambi√©n le dijo a Santo Domingo que hab√≠a venido en nombre de las almas del purgatorio para rogarle que continuara predicando el Rosario y pedirles a sus parientes que les ofrecieran sus rosarios, y que los recompensar√≠an abundantemente cuando entraran en la gloria.

Este texto ha sido separado en 2 partes. Est√°s leyendo la parte 2.

Pulsa aquí para ver la parte 1.

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