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Milagros del Santo Rosario (por Saint Louis de Montfort) – Parte 1

Milagros del Santo Rosario, historias extraídas de El Secreto del Rosario (de Saint Louis de Montfort). Montfort Publications, Nueva York, 1954. Editado por Br Sean, un monje del coro, 2009.

Milagros del Santo Rosario
Milagros del Santo Rosario

Milagros del Santo Rosario

Una ni√Īa devota conoce a la Virgen Mar√≠a

Dos ni√Īas, que eran hermanas, rezaban el Rosario muy devotamente frente a su casa. De repente apareci√≥ una bella dama, camin√≥ hacia la ni√Īa m√°s joven, que solo ten√≠a seis o siete a√Īos, la tom√≥ de la mano y se la llev√≥. Su hermana mayor estaba muy sorprendida y busc√≥ a la ni√Īa por todas partes. Finalmente, a√ļn sin haberla encontrado, se fue a su casa llorando y les dijo a sus padres que su hermana hab√≠a sido secuestrada.

Durante tres d√≠as enteros, los pobres padres buscaron a la ni√Īa sin √©xito. Al final del tercer d√≠a la encontraron en la puerta de entrada luciendo extremadamente feliz y complacida. Naturalmente, le preguntaron d√≥nde hab√≠a estado, y ella les dijo que la se√Īora a quien le hab√≠a dicho el Rosario la hab√≠a llevado a un lugar encantador donde le hab√≠a dado deliciosas cosas para comer. Ella dijo que la se√Īora tambi√©n le hab√≠a dado un beb√© para que la abrazara, que √©l era muy hermoso y que ella lo hab√≠a besado una y otra vez.

El padre y la madre, que se hab√≠an convertido a la fe cat√≥lica poco tiempo antes, enviaron de inmediato al Padre jesuita que les hab√≠a dado instrucciones para su recepci√≥n en la Iglesia y que tambi√©n les hab√≠a ense√Īado la devoci√≥n al Rosario. Le contaron todo lo que hab√≠a sucedido, y fue este mismo sacerdote quien me cont√≥ esta historia. Todo ocurri√≥ en Paraguay.

La conversión de los albigenses Santo Domingo

La Virgen María le entrega el Rosario a Santo Domingo

Santo Domingo, al ver que la gravedad de los pecados de la gente estaba obstaculizando la conversión de los albigenses, se retiró a un bosque cerca de Toulouse, donde rezó continuamente durante tres días y tres noches. Durante este tiempo no hizo más que llorar y hacer penitencias severas para apaciguar la ira de Dios. Utilizó tanto su disciplina que su cuerpo fue lacerado, y finalmente cayó en coma.

En este punto, nuestra Se√Īora se le apareci√≥, acompa√Īada por tres √°ngeles, y ella dijo: “Querido Domingo, ¬Ņsabes qu√© arma quiere usar la Sant√≠sima Trinidad para reformar el mundo?”

“Oh, mi Se√Īora”, respondi√≥ Santo Domingo, “sabes mucho mejor que yo, porque junto a tu Hijo Jesucristo siempre has sido el principal instrumento de nuestra salvaci√≥n”.

Entonces nuestra Se√Īora respondi√≥: “Quiero que sepas que, en este tipo de guerra, el arma principal siempre ha sido el Salterio Ang√©lico (rosario), que es la piedra angular del Nuevo Testamento. Por lo tanto, si quieres llegar a estas almas endurecidas y gan√°rselos a Dios, predica mi Salterio.

Entonces se levantó, consoló y ardió de celo por la conversión de las personas en ese distrito, y se dirigió directamente a la catedral. Inmediatamente, ángeles invisibles tocaron las campanas para reunir a la gente, y Santo Domingo comenzó a predicar.

Al comienzo de su serm√≥n, estall√≥ una terrible tormenta, la tierra tembl√≥, el sol se oscureci√≥ y hubo tantos truenos y rel√°mpagos que todos tuvieron mucho miedo. Su temor fue a√ļn mayor cuando, al mirar una imagen de Nuestra Se√Īora expuesta en un lugar prominente, la vieron alzar los brazos al cielo tres veces para invocar la venganza de Dios sobre ellos si no lograban convertirse, enmendar sus vidas y busca la protecci√≥n de la santa Madre de Dios.

Dios deseaba, por medio de estos fenómenos sobrenaturales, difundir la nueva devoción al Santo Rosario y hacerla más conocida.

Finalmente, en la oración de Santo Domingo, la tormenta llegó a su fin, y él continuó predicando. De manera tan ferviente y convincente, explicó la importancia y el valor del Rosario que casi toda la gente de Toulouse lo abrazó y renunció a sus falsas creencias. En muy poco tiempo se vio una gran mejora en la ciudad; la gente comenzó a llevar vidas cristianas y abandonó sus antiguos malos hábitos.

La Virgen María le da un libro a Santo Domingo

Inspirado por el Espíritu Santo, instruido por la Santísima Virgen y por su propia experiencia, Santo Domingo predicó el Rosario por el resto de su vida. Lo predicó con su ejemplo y con sus sermones.

Un d√≠a tuvo que predicar en Notre Dame, en Par√≠s, y result√≥ ser la fiesta de San Juan Evangelista. Estaba en una peque√Īa capilla detr√°s del altar mayor preparando su serm√≥n en oraci√≥n rezando el Rosario, como siempre hac√≠a, cuando nuestra Se√Īora se le apareci√≥ y dijo: “Domingo, aunque lo que has planeado decir puede ser muy bueno, yo te traigo un serm√≥n mucho mejor”.

Santo Domingo tom√≥ en sus manos el libro que nuestra Se√Īora le dio, ley√≥ cuidadosamente el serm√≥n y, cuando lo entendi√≥ y medit√≥ sobre √©l, le dio las gracias. Cuando lleg√≥ el momento, subi√≥ al p√ļlpito y, a pesar del d√≠a de la fiesta, no mencion√≥ a San Juan m√°s que para decir que hab√≠a sido digno de ser el guardi√°n de la Reina del Cielo. La congregaci√≥n estaba compuesta por te√≥logos y otras personas eminentes, acostumbrados a escuchar discursos inusuales y pulidos; pero Santo Domingo les dijo que no era su deseo darles un discurso erudito, sabio a los ojos del mundo, sino que hablar√≠a en la simplicidad del Esp√≠ritu Santo y con su contundencia.

Entonces comenz√≥ a predicar el Rosario y explic√≥ el Ave Mar√≠a, palabra por palabra, como lo har√≠a a un grupo de ni√Īos, y us√≥ las ilustraciones muy simples que estaban en el libro que le dio Nuestra Se√Īora.

Santo Domingo le habla al beato Alan de la Roche

Carthagena, el gran erudito, citando al Beato Alan de la Roche en De Dignitate Psalterii, describe cómo sucedió esto.

“El beato Alan escribe que un d√≠a el padre Domingo le dijo en una visi√≥n: ‘Hijo m√≠o, es bueno predicar; pero siempre existe el peligro de buscar elogios en lugar de la salvaci√≥n de las almas. Escucha atentamente lo que me sucedi√≥ a m√≠ en Par√≠s, para que puedas estar en guardia contra este tipo de error. Yo deb√≠a predicar en la gran iglesia dedicada a la Sant√≠sima Virgen y estaba particularmente ansioso por dar un excelente serm√≥n, no por orgullo, sino por la altura intelectual de la congregaci√≥n.

Una hora antes de la hora en que ten√≠a que predicar, estaba rezando mi Rosario, como siempre hac√≠a antes de dar un serm√≥n, cuando ca√≠ en √©xtasis. Vi a mi amada amiga, la Madre de Dios, venir hacia m√≠ con un libro en la mano. “Domingo”, dijo, “el serm√≥n de hoy puede ser muy bueno, pero no importa lo bueno que es, te he tra√≠do uno que es mucho mejor.”

Por supuesto que me llen√© de alegr√≠a, tom√© el libro y le√≠ cada palabra. Justo como nuestra Se√Īora hab√≠a dicho, encontr√© exactamente las cosas correctas que decir en mi serm√≥n, as√≠ que le di las gracias con todo mi coraz√≥n.

Cuando lleg√≥ el momento de comenzar, vi que la Universidad de Par√≠s hab√≠a concurrido con toda su fuerza, as√≠ como una gran cantidad de nobles. Todos hab√≠an visto y o√≠do hablar de las grandes cosas que el buen Se√Īor hab√≠a estado haciendo a trav√©s de mi.

Sub√≠ al p√ļlpito. Era la fiesta de San Juan Evangelista, pero todo lo que dije sobre √©l fue que hab√≠a sido digno de ser el guardi√°n de la Reina del Cielo. Luego me dirig√≠ a la congregaci√≥n diciendo: ‘Mi Se√Īores e ilustres doctores de la Universidad, est√°n acostumbrados a escuchar sermones aprendidos adaptados a sus gustos refinados. Ahora no quiero hablarles en el lenguaje acad√©mico de la sabidur√≠a humana sino, por el contrario, mostrarte el Esp√≠ritu Santo y su grandeza'”.

Aqu√≠ termina la cita del beato Alan, despu√©s de lo cual Carthagena contin√ļa diciendo con sus propias palabras: “Entonces Santo Domingo les explic√≥ el saludo angelical, usando simples comparaciones y ejemplos de la vida cotidiana”.

“Encender el amor por la oraci√≥n”

El beato Alan, seg√ļn Carthagena, mencion√≥ varias otras ocasiones en que nuestro Se√Īor y nuestra Se√Īora se le aparecieron a Santo Domingo para instarlo e inspirarlo a predicar el Rosario cada vez m√°s para eliminar el pecado y convertir a los pecadores y herejes.

En otro pasaje, Carthagena dice: “El beato Alan dijo que nuestra Se√Īora le revel√≥ que, despu√©s de que se le apareci√≥ a Santo Domingo, su bendito Hijo se le apareci√≥ y le dijo: ‘Domingo, me alegro de ver que no conf√≠as en tu propia sabidur√≠a y que, en lugar de buscar la alabanza vac√≠a de los hombres, est√°s trabajando con gran humildad para la salvaci√≥n de las almas. Pero muchos sacerdotes quieren predicar contra los peores tipos de pecado desde el principio, sin darse cuenta de que antes de eso, a la persona enferma se le da una medicina amarga, necesita estar preparado para tener el estado de √°nimo adecuado para realmente beneficiarse de ella.

Es por eso que, antes de hacer cualquier otra cosa, los sacerdotes deber√≠an tratar de encender el amor por la oraci√≥n en los corazones de las personas y especialmente un amor por mi Salterio Ang√©lico. Si tan s√≥lo todos comenzaran a decirlo y realmente perseveraran, Dios en Su misericordia podr√≠a apenas negarse a darles sus gracias. Por eso quiero que prediques mi Rosario'”.

Con el Rosario los sermones dar√°n frutos

En otro lugar, el Beato Alan dice: “Todos los sacerdotes dicen un Ave Mar√≠a con los fieles antes de predicar, para pedir la gracia de Dios. Hacen esto debido a una revelaci√≥n que Santo Domingo tuvo de nuestra Se√Īora: ‘Hijo, no se sorprendan de que sus sermones no den los resultados esperados. Est√°n tratando de cultivar un terreno en el que no ha llovido. Ahora, cuando Dios plane√≥ renovar la faz de la tierra, √Čl comenz√≥ enviando lluvia desde el cielo, y este fue el saludo angelical. De esta manera Dios reform√≥ el mundo.

Entonces, cuando pronuncies un serm√≥n, insta a la gente a rezar mi Rosario, y de esta manera tus palabras dar√°n mucho fruto para las almas’.

Santo Domingo no perdi√≥ tiempo en obedecer, y desde entonces ejerci√≥ una gran influencia por sus sermones”. (Esta √ļltima cita es del “Libro de los milagros del Santo Rosario”, escrito en italiano, que tambi√©n se encuentra en las obras de Justin, Serm√≥n 143.)

Jes√ļs reprocha al beato Alan

Milagros del santo rosario

M√°s tarde, cuando terminaron estas pruebas, gracias a la misericordia de Dios, nuestra Se√Īora le dijo al Beato Alan que reviviera la antigua Cofrad√≠a del Santo Rosario. El beato Alan fue uno de los padres dominicanos en el monasterio de Dinan, en Breta√Īa. Fue un eminente te√≥logo y un famoso predicador. Nuestra Se√Īora lo eligi√≥ porque, dado que la Cofrad√≠a se hab√≠a iniciado originalmente en esa provincia, era apropiado que un dominicano de la misma provincia tuviera el honor de restablecerla.

El beato Alan comenz√≥ esta gran obra “la Cofrad√≠a del Santo Rosario” en 1460, despu√©s de una advertencia especial de nuestro Se√Īor. As√≠ es como recibi√≥ ese mensaje urgente, como √©l mismo lo dice:

Un d√≠a, cuando ofrec√≠a misa, nuestro Se√Īor, que deseaba estimularlo a predicar el Santo Rosario, le habl√≥ en la Sagrada Hostia. “¬ŅC√≥mo puedes crucificarme de nuevo tan pronto?” le dijo. “¬ŅQu√© dijiste, se√Īor ?”, pregunt√≥ el beato Alan, horrorizado. “Me crucificaste una vez antes por tus pecados”, respondi√≥ Jes√ļs, “y voluntariamente ser√≠a crucificado de nuevo en lugar de ofender a mi Padre por los pecados que sol√≠as cometer. Me est√°s crucificando de nuevo ahora porque tienes todo el aprendizaje y la comprensi√≥n que necesitas para predicar el rosario de mi madre y no lo est√°s haciendo. Si s√≥lo hicieras eso, podr√≠as ense√Īar a muchas almas el camino correcto y alejarlas del pecado. Pero no lo est√°s haciendo, y t√ļ mismo eres culpable de los pecados que cometen”.

Este terrible reproche hizo que el Beato Alan decidiera solemnemente predicar el Rosario sin cesar.

Predicar el Rosario

Nuestra Se√Īora tambi√©n le dijo un d√≠a que lo inspirara a predicar el Rosario cada vez m√°s: “Fuiste un gran pecador en tu juventud, pero obtuve de mi Hijo la gracia de tu conversi√≥n. Si tal cosa hubiera sido posible, me hubiera gustado haber sufrido todo tipo de sufrimiento para salvarte, porque los pecadores convertidos son una gloria para m√≠. Y lo habr√≠a hecho tambi√©n para hacerte digno de predicar mi Rosario por todas partes”.

Santo Domingo también se le apareció al Beato Alan y le contó los grandes resultados de su ministerio: había predicado el Rosario sin cesar, sus sermones habían dado grandes frutos y muchas personas se habían convertido durante sus misiones.

Le dijo al Beato Alan: “Mira los maravillosos resultados que he tenido al predicar el Rosario. T√ļ y todos los que aman a nuestra Se√Īora deben hacer lo mismo para que, mediante esta pr√°ctica sagrada del Rosario, puedan atraer a todas las personas a la verdadera ciencia de las virtudes”.

Cada Ave Mar√≠a es una rosa para nuestra Se√Īora

Las cr√≥nicas de San Francisco hablan de un joven fraile que ten√≠a un h√°bito digno de elogio, de rezar el Rosario de nuestra Se√Īora todos los d√≠as antes de la cena. Un d√≠a, por alguna raz√≥n u otra, no logr√≥ decirlo. La campana del refectorio ya hab√≠a sonado cuando le pidi√≥ al Superior que le permitiera decirlo antes de acercarse a la mesa y, habiendo obtenido permiso, se retir√≥ a su celda para rezar.

Despu√©s de haber estado fuera mucho tiempo, el Superior envi√≥ a otro fraile a buscarlo, y lo encontr√≥ en su habitaci√≥n ba√Īado por una luz celestial en presencia de nuestra Se√Īora y dos √°ngeles. Hermosas rosas segu√≠an saliendo de su boca en cada Ave Mar√≠a, y los dos √°ngeles las tomaban una por una y las colocaban en la cabeza de nuestra Se√Īora, mientras ella las aceptaba sonriendo. Finalmente, otros dos frailes que hab√≠an sido enviados para averiguar lo que les hab√≠a sucedido a los dos primeros vieron la misma escena, y nuestra Se√Īora no se fue hasta que se rezara todo el Rosario.

Tom√°s de San Juan atacado por el demonio y salvado por nuestra Santa Madre

El Beato Tom√°s de San Juan era conocido por sus sermones sobre el Santo Rosario, y el diablo, celoso de su √©xito, lo tortur√≥ tanto que cay√≥ enfermo y estuvo enfermo durante tanto tiempo que los m√©dicos lo abandonaron. Una noche, cuando realmente pens√≥ que se estaba muriendo, el demonio se le apareci√≥ en la forma m√°s terrible que se pueda imaginar. Hab√≠a una foto de nuestra Se√Īora cerca de su cama; √©l lo mir√≥ y llor√≥ con todo su coraz√≥n, alma y fuerza: “Ay√ļdame, s√°lvame, mi querida Madre”. Tan pronto dijo esto, la imagen pareci√≥ cobrar vida y nuestra Se√Īora extendi√≥ la mano, lo tom√≥ del brazo y le dijo: “No tengas miedo, Tom√°s, hijo m√≠o, aqu√≠ estoy y te voy a salvar; Lev√°ntate ahora y sigue predicando mi Rosario como sol√≠as hacerlo. Prometo protegerte de tus enemigos”.

Cuando nuestra Se√Īora dijo esto, el diablo huy√≥ y el Beato Tom√°s se levant√≥, encontr√°ndose en perfecto estado de salud. √Čl dio las gracias a la Virgen con l√°grimas de alegr√≠a. Reanud√≥ su apostolado del Rosario, y sus sermones fueron maravillosamente exitosos.

El rey Alfonso es salvado gracias a su propagación del Rosario

Nuestra Se√Īora no solo bendice a quienes predican su Rosario, sino que recompensa a todos aquellos que, con su ejemplo, consiguen que otros lo digan.

Alfonso, Rey de León y Galicia, quería mucho que todos sus sirvientes honraran a la Santísima Virgen al rezar el Rosario, por lo que solía colgar un gran rosario en su cinturón, aunque nunca lo dijo él mismo. Sin embargo, su uso animó a sus cortesanos a rezar el Rosario devotamente.

Un d√≠a, el Rey cay√≥ gravemente enfermo y cuando fue dado por muerto se encontr√≥, en esp√≠ritu, ante el tribunal de nuestro Se√Īor. Muchos demonios estaban all√≠ acus√°ndolo de todos los pecados que hab√≠a cometido, y nuestro Se√Īor estaba a punto de condenarlo cuando nuestra Se√Īora se adelant√≥ para hablar a su favor. Ella pidi√≥ un par de escamas y coloc√≥ sus pecados en una de las balanzas, mientras pon√≠a el gran rosario que siempre hab√≠a usado en la otra balanza, junto con todos los rosarios que se hab√≠an dicho a trav√©s de su ejemplo. Se descubri√≥ que los rosarios pesaban m√°s que sus pecados.

Mir√°ndolo con gran amabilidad, nuestra Se√Īora dijo: “Como recompensa por el peque√Īo servicio que me prestaste al usar mi rosario, he obtenido de mi Hijo una gran gracia para ti. Tu vida se salvar√° por unos a√Īos m√°s. Procura pasar esos a√Īos sabiamente y hacer penitencia”.

Cuando el Rey recuper√≥ la conciencia, grit√≥: “Bendito sea el Rosario de la Sant√≠sima Virgen Mar√≠a, por el cual he sido resucitado de la condenaci√≥n eterna”.

Después de que recuperó su salud, pasó el resto de su vida difundiendo la devoción al Rosario y lo dijo fielmente todos los días.

Un hereje se convierte gracias al Rosario

Mientras Santo Domingo predicaba el Rosario en Carcasona, un hereje se burló de sus milagros y los quince misterios del Rosario, y esto evitó que otros herejes se convirtieran. Como castigo, Dios permitió que quince mil demonios entraran en el cuerpo del hombre.

Sus padres lo llevaron al Padre Domingo para ser liberado de los esp√≠ritus malignos. Comenz√≥ a rezar y rog√≥ a todos los que estaban all√≠ que rezaran el Rosario en voz alta con √©l, y en cada Ave Mar√≠a, nuestra Se√Īora expuls√≥ a cien demonios del hombre, y salieron en forma de brasas al rojo vivo.

Después de haber sido entregado, abjuró de sus errores anteriores, se convirtió y se unió a la Cofradía del Rosario. Varios de sus asociados hicieron lo mismo, habiendo sido muy conmovidos por su castigo y por el poder del Rosario.

Un sacerdote se arrepiente de predicar en contra del Rosario

El erudito franciscano, Carthagena, así como varios otros autores, dice que un evento extraordinario tuvo lugar en 1482. El venerable p. James Sprenger y los religiosos de su orden trabajaban celosamente para restablecer la devoción al Rosario y su Cofradía en la ciudad de Colonia. Desafortunadamente, dos sacerdotes que eran famosos por su habilidad de predicar estaban celosos de la gran influencia que estaban ejerciendo al predicar el Rosario. Estos dos Padres hablaron en contra de esta devoción cada vez que tuvieron la oportunidad, y como eran muy elocuentes y tenían una gran reputación, persuadieron a muchas personas de no unirse a la Cofradía.

Uno de ellos, el mejor para lograr su malvado fin, escribió un sermón especial contra el Rosario y planeó darlo el domingo siguiente. Pero cuando llegó el momento del sermón, no apareció y, después de una cierta espera, alguien fue a buscarlo. Se descubrió que estaba muerto, y evidentemente había muerto sin que nadie lo ayudara.

Después de convencerse de que esta muerte se debió a causas naturales, el otro sacerdote decidió llevar a cabo el plan de su amigo y dar un sermón similar otro día, con la esperanza de poner fin a la Cofradía del Rosario.

Sin embargo, cuando llegó el día en que él debía predicar y era hora de dar el sermón, Dios lo castigó golpeándolo con una parálisis que lo privó del uso de sus extremidades y de su poder de expresión.

Finalmente admiti√≥ su culpa y la de su amigo, y en su coraz√≥n suplic√≥ en silencio a nuestra Se√Īora que lo ayudara.

Prometi√≥ que si s√≥lo ella lo curara, √©l predicar√≠a el Rosario con tanto celo como aquello con lo que hab√≠a luchado anteriormente. Para este fin, le implor√≥ que recuperara su salud y su discurso, lo cual ella hizo, y al encontrarse instant√°neamente curado, se levant√≥ como otro Saulo (san Pablo), un perseguidor convertido en defensor del santo Rosario. Reconoci√≥ p√ļblicamente su error anterior y siempre predic√≥ las maravillas del Rosario con gran celo y elocuencia.

El Ave María

Un d√≠a, cuando Matilde de Hackeborn estaba rezando y estaba tratando de pensar en alguna forma en que pudiera expresar su amor por la Sant√≠sima Virgen mejor que antes, cay√≥ en √©xtasis. Nuestra Se√Īora se le apareci√≥ con el Saludo Ang√©lico escrito en letras de oro sobre su pecho y le dijo: “Hija m√≠a, quiero que sepas que nadie puede complacerme m√°s que diciendo el saludo que la Trinidad m√°s adorable me present√≥, y por el cual fui criado a la dignidad de la Madre de Dios.

Por la palabra Ave, que es el nombre de Eva, aprendí que Dios, en su poder infinito, me había preservado de todo pecado y de la miseria concomitante a la que había estado sujeta la primera mujer.

El nombre de Mar√≠a, que significa ‘Se√Īora de la Luz’, muestra que Dios me ha llenado de sabidur√≠a y luz, como una estrella brillante, para iluminar el cielo y la tierra.

Las palabras, ‘llena de gracia’, me recuerdan que el Esp√≠ritu Santo ha derramado tantas gracias sobre m√≠ que puedo dar estas gracias en abundancia a quienes las piden a trav√©s de mi mediaci√≥n.

Cuando la gente dice: El Se√Īor est√° contigo, renuevan la alegr√≠a indescriptible que era m√≠a cuando la Palabra eterna se encarn√≥ en mi vientre.

Cuando me dices: ‘Bendita eres entre las mujeres’, alabo la Misericordia de Dios que me ha elevado a este exaltado grado de felicidad.

Y ante las palabras, ‘Bendito es el fruto de tu vientre’, Jes√ļs, todo el cielo se regocija conmigo al ver a mi Hijo Jes√ļs adorado y glorificado por haber salvado a la humanidad”.

Las tres verdades que reveló el beato Alan de la Roche

El beato Alan de la Roche, que estaba tan profundamente dedicado a la Santísima Virgen, tuvo muchas revelaciones de ella, y sabemos que él confirmó la verdad de estas revelaciones mediante un juramento solemne. Tres de ellos destacan con especial énfasis: el primero, que si la gente no puede decir el Ave María, que ha salvado al mundo, por descuido, o porque están tibios, o porque lo odian, esto es una indicación de que será probablemente condenado a la pena eterna.

La segunda verdad es que aquellos que aman este saludo divino llevan el sello muy especial de la predestinación.

La tercera es que aquellos a quienes Dios les ha dado este favor de amar a nuestra Se√Īora y de servirla por amor deben tener mucho cuidado para continuar am√°ndola y servirla hasta el momento en que su Hijo los haya colocado en el Cielo en el grado de gloria que se han ganado.

Revelación del alma de una monja

El beato Alan tambi√©n relata que una monja que siempre hab√≠a tenido una gran devoci√≥n por el Rosario apareci√≥ despu√©s de su muerte a una de sus hermanas en religi√≥n y le dijo: “Si pudiera regresar a mi cuerpo para tener la oportunidad de decir un solo Ave Mar√≠a, incluso sin gran fervor, con mucho gusto volver√≠a a pasar por los sufrimientos que tuve durante mi √ļltima enfermedad, para ganar el m√©rito de esta oraci√≥n “Es de notar que ella hab√≠a estado postrada en cama y sufri√≥ dolores agonizantes durante varios a√Īos antes de morir.

Santo Domingo aconseja a una dama obstinada a rezar el Rosario

Hagas lo que hagas, no seas como una cierta dama piadosa pero obstinada en Roma, a la que tan frecuentemente se refieren los oradores en el Rosario. Era tan devota y ferviente que su vida santa la avergonzó incluso de los religiosos más estrictos de la Iglesia.

Habiendo decidido pedir el consejo de Santo Domingo sobre su vida espiritual, ella se confesó. Por penitencia, le dio un Rosario para que lo rezara y le aconsejó que lo rezara todos los días. Se disculpó, diciendo que tenía sus ejercicios regulares, que hacía las Estaciones de Roma todos los días, que vestía tela de saco y una camisa para el cabello, que se daba la disciplina varias veces a la semana, que a menudo ayunó e hizo otras penitencias. Santo Domingo la instó una y otra vez a seguir su consejo de rezar el Rosario, pero ella no le hizo caso, dejó el confesionario, horrorizada por los métodos de este nuevo director espiritual que había intentado convencerla para que tomara una devoción que no le gustaba.

Más tarde, cuando estaba en oración, cayó en éxtasis y tuvo una visión de su alma apareciendo ante el Juez Supremo. San Miguel puso todas sus penitencias y otras oraciones en un lado de la balanza y todos sus pecados e imperfecciones en el otro. La bandeja de sus buenas obras fue muy compensada por la de sus pecados e imperfecciones.

Llena de alarma, llor√≥ por misericordia, implorando la ayuda de la Sant√≠sima Virgen, su amable abogada, quien tom√≥ el √ļnico Rosario que hab√≠a dicho por su penitencia y lo dej√≥ caer en la bandeja de sus buenas obras. Este Rosario era tan pesado que pesaba m√°s que todos sus pecados, as√≠ como todas sus buenas obras. Nuestra Se√Īora la reproch√≥ por haberse negado a seguir el consejo de su criado Domingo y por no rezar el Rosario todos los d√≠as.

Tan pronto como se recuperó, se apresuró y se arrojó a los pies de Santo Domingo y le contó todo lo que había sucedido, le pidió perdón por su incredulidad y le prometió rezar el Rosario fielmente todos los días. De esta manera ella se elevó a la perfección cristiana y finalmente a la gloria de la vida eterna.

Santa María Magdalena

Pocos santos han alcanzado las mismas alturas de oraci√≥n que Santa Mar√≠a Magdalena, que los √°ngeles levantaban al Cielo cada d√≠a, y que ten√≠a el privilegio de aprender a los pies de Jes√ļs y Su santa Madre. Sin embargo, un d√≠a, cuando le pidi√≥ a Dios que le mostrara una forma segura de avanzar en Su amor y llegar a las alturas de la perfecci√≥n, √Čl envi√≥ al arc√°ngel San Miguel para decirle, en su nombre, que no hab√≠a otra manera para ella para alcanzar la perfecci√≥n, que meditar en la pasi√≥n del Se√Īor. As√≠ que coloc√≥ una cruz en el frente de su cueva y le dijo que rezara ante ella, contemplando los tristes misterios que ella hab√≠a visto suceder con sus propios ojos.

Poseídos son liberados por usar el Santo Rosario al cuello

El beato Alan de la Roche relata que un hombre que conoc√≠a hab√≠a intentado desesperadamente todo tipo de devociones para deshacerse del esp√≠ritu maligno que lo pose√≠a, pero sin √©xito. Finalmente, pens√≥ en usar su rosario alrededor del cuello, lo que lo alivi√≥ considerablemente. Descubri√≥ que cada vez que se lo quitaba, el diablo lo atormentaba cruelmente, por lo que decidi√≥ usarlo d√≠a y noche. Esto alej√≥ al esp√≠ritu maligno para siempre porque no pod√≠a soportar una cadena tan terrible. El beato Alan tambi√©n testifica que entreg√≥ un gran n√ļmero de aquellos que estaban pose√≠dos al poner un rosario alrededor de sus cuellos.

Un exorcismo realizado gracias al Rosario

El padre Jean Amat, de la Orden de Santo Domingo, estaba dando una serie de sermones de Cuaresma en el Reino de Arag√≥n un a√Īo, cuando una joven que estaba pose√≠da por el demonio fue tra√≠da a √©l. Despu√©s de haberla exorcizado varias veces sin √©xito, le puso el rosario alrededor del cuello. Apenas lo hab√≠a hecho cuando la ni√Īa comenz√≥ a gritar y llorar con temor, gritando: “Qu√≠talo, qu√≠talo; estas cuentas me est√°n atormentando”. Finalmente, el sacerdote, lleno de pena por la ni√Īa, le quit√≥ el rosario.

La noche siguiente, cuando el p. Amat estaba en la cama, los mismos demonios que pose√≠an a la ni√Īa se acercaron a √©l, haciendo espuma con rabia e intentaron apoderarse de √©l. Pero ten√≠a su rosario entrelazado en la mano y ning√ļn esfuerzo suyo podr√≠a arranc√°rselo. Los golpe√≥ muy bien con √©l y los puso en fuga, gritando: “Santa Mar√≠a, Nuestra Se√Īora del Rosario, ven en mi ayuda”.

Al d√≠a siguiente, camino a la iglesia, reconoci√≥ a la pobre muchacha, todav√≠a pose√≠da; uno de los demonios dentro de ella comenz√≥ a burlarse de √©l, diciendo: “Bueno, hermano, si hubieras estado sin tu rosario, podr√≠amos haberte hecho caso omiso”. Luego, el buen Padre arroj√≥ su rosario al cuello de la ni√Īa sin m√°s pre√°mbulos, diciendo: “Por los sagrados nombres de Jes√ļs y Mar√≠a, Su santa Madre, y por el poder del santo Rosario, les ordeno, esp√≠ritus malignos, que abandonen el cuerpo. de esta chica de una vez”. Inmediatamente se vieron obligados a obedecerle, y ella fue liberada de ellos.

Este texto ha sido separado en 2 partes. Est√°s leyendo la parte 1.

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