Oraciones Reflexiones

Oraciones de Cuaresma con reflexión 2023

Oraciones de Cuaresma con reflexión
Oraciones de Cuaresma con reflexión

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza, y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo. Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:

  • “Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida”
  • “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás»
  • “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”

La Cuaresma comienza con la conciencia aleccionadora de que somos diferentes, nuestro mundo es diferente y nuestras vidas son diferentes de lo que eran hace un año. Es cierto que la señal de las cenizas lleva consigo amargos recuerdos del pecado tanto personal como social. Sin embargo, nuestra esperanza está en Aquel cuya gracia reconciliadora nunca falla.

Oraciones para cada día de Cuaresma

  • Comenzamos con la Señal de la Cruz
  • Señor, abre mis labios, y mi boca publicará tu alabanza.

Oración por una Cuaresma fructífera

Mi precioso y crucificado Señor, te ofrezco esta Cuaresma. Te la ofrezco con total abandono y confianza, te ofrezco mis oraciones, sacrificios y mi vida misma en este día. Haz conmigo, Señor, como quieras.

Oro para que esta Cuaresma sea fructífera. Sé que tienes mucho que decirme y mucho que hacer en mi vida. Que esta Cuaresma sea un tiempo a través del cual Tu Misericordia se derrame en abundancia en mi alma y ​​en las almas de todos Tus fieles.

Queridísimo Señor, ayúdame a ver especialmente mis pecados durante esta Cuaresma. Humíllame para que pueda ver claramente. Dame valor y fuerza para confesar mis pecados y para apartarme de ellos de todo corazón.

Ilumíname con Tu Santa Palabra, amado Señor. Ayúdame a llegar a conocerte y a profundizar el don de la fe en mi vida. Muéstrame el plan que tienes para mí y pon mis pies en el camino que has elegido.

Mi sufriente Señor, te doy gracias por la plenitud de tu perfecto Sacrificio. Te agradezco por no retener nada, dando Tu vida hasta la última gota de sangre.

Que te ofrezca mi propia vida como sacrificio, confiando en Tu Misericordia con cada ofrenda. Mantenme fiel a mis promesas de Cuaresma y dame nueva vida a través de estos sacrificios de amor.

Fortalece mi oración y hazme santo. Ayúdame a volverme a Ti cada día, buscando Tu Sagrado y traspasado Corazón.

Bendita Madre, estuviste junto a tu Hijo en Su sufrimiento y muerte, quédate conmigo, te lo ruego, mientras viajo por esta vida.

Ruega por mí y ofréceme a Tu Hijo, para que Él pueda tomarme en Su abrazo amoroso.

Señor, Jesús, Hijo del Dios vivo, ten piedad de mí, pecador.

Señor, Jesús, Hijo del Dios vivo, ten piedad de mí, pecador.

Señor, Jesús, Hijo del Dios vivo, ten piedad de mí, pecador.

Madre María, Madre de nuestro Señor Crucificado, ruega por nosotros que recurrimos a ti.

Amén.

Oraciones para cada semana de Cuaresma

Haga clic en la semana correspondiente y se desplegará una tabla por cada semana, con pestañas por cada día. Seleccione a continuación, la pestaña del día correspondiente.

Semana del Miércoles de Ceniza

Miércoles de Ceniza: Orar, ayunar, dar

“Y vuestro Padre que ve en lo secreto os lo recompensará”. Mateo 6, 4b

Comienza la Cuaresma. 40 días para orar, ayunar y crecer en la caridad. Necesitamos este tiempo cada año para dar un paso atrás y reexaminar nuestras vidas, para alejarnos de nuestros pecados y crecer en las virtudes que Dios desea tan profundamente otorgarnos. Los 40 días de Cuaresma deben ser una imitación de los 40 días de Jesús en el desierto. De hecho, no sólo estamos llamados a “imitar” el tiempo de Jesús en el desierto, estamos llamados a vivir este tiempo con Él, en Él y por Él.

Jesús personalmente no necesitó pasar 40 días de ayuno y oración en el desierto para obtener una santidad más profunda. ¡Él es la santidad misma! Él es el Santo de Dios. Él es la Perfección. Él es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Él es Dios. Pero Jesús entró en el desierto para ayunar y orar a fin de invitarnos a unirnos a Él y recibir las cualidades transformadoras que manifestó en Su naturaleza humana al soportar el sufrimiento de esos 40 días. ¿Estamos listos para nuestros 40 días en el desierto con nuestro Señor?

Mientras estuvo en el desierto, Jesús manifestó toda perfección dentro de Su naturaleza humana. Y aunque nadie vio esto sino el Padre en el Cielo, Su tiempo en el desierto fue abundantemente fructífero para la raza humana. Fue abundantemente fructífero para cada uno de nosotros.

El “desierto” al que estamos llamados a entrar está oculto a los ojos de quienes nos rodean, pero es visible para el Padre Celestial. Está “escondido” porque nuestro crecimiento en virtud no se hace por vanagloria, por reconocimiento egoísta, o para obtener elogios mundanos. El desierto de 40 días en el que debemos entrar es uno que nos transforma llevándonos a una oración más profunda, al desapego de todo lo que no sea de Dios, y nos llena de amor por aquellos con los que nos encontramos cada día.

Durante estos 40 días, debemos orar. Hablando con propiedad, la oración significa que nos comunicamos con Dios a nivel interior. Hacemos más que sólo asistir a Misa o pronunciar oraciones en voz alta. La oración es ante todo una comunicación secreta e interior con Dios. Hablamos, pero más que eso, escuchamos, oímos, entendemos y respondemos. Sin estas cuatro cualidades, la oración no es oración. No es "comunicación". Solo somos nosotros hablando con nosotros mismos.

Durante estos 40 días, debemos ayunar. Especialmente en nuestra época, nuestros cinco sentidos están abrumados por la actividad y el ruido. Nuestros ojos y oídos a menudo se ven deslumbrados por la televisión, la radio, las computadoras, etc. Nuestras papilas gustativas están constantemente saciadas con alimentos finos, dulces y alimentos reconfortantes, a menudo en exceso. Nuestros cinco sentidos necesitan un descanso del bombardeo de los deleites del mundo para volverse a los deleites más profundos de una vida de unión con Dios.

Durante estos 40 días, debemos dar. La codicia a menudo se apodera de nosotros sin que nos demos cuenta del alcance de su control. Queremos esto y aquello. Consumimos cada vez más cosas materiales. Y lo hacemos porque buscamos la satisfacción del mundo. Necesitamos desapegarnos de todo lo que nos distrae de Dios, y la generosidad es una de las mejores formas de lograr este desapego.

Reflexionemos hoy sobre estas tres sencillas palabras: orar, ayunar y dar. Busquemos vivir estas cualidades de una manera oculta que solo Dios conoce, en esta Cuaresma. Si lo hacemos, el Señor comenzará a hacer mayores maravillas en nuestras vidas, de las que actualmente creemos que son posibles. Él nos liberará del egoísmo que a menudo nos ata y nos permitirá amarlo a Él y a los demás en un nivel completamente nuevo.

Oración

Mi Señor penitencial, me entrego a Ti en esta Cuaresma. Elijo libremente entrar en el desierto de estos 40 días y elijo orar, ayunar y dar de mí mismo en una medida que nunca antes había hecho. Oro para que esta Cuaresma sea un tiempo en el que yo sea transformado interiormente por Ti. Libérame, amado Señor, de todo lo que me impide amarte a Ti y a los demás con todo mi corazón. Jesús, en Ti confío.

Jueves después del Miércoles de Ceniza: ¿El mundo o tu alma?

“¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o destruye a sí mismo?” Lucas 9, 25

Muchas personas sueñan con ganar la lotería. Y muchas veces, el sueño es por muchos millones de dólares. Imagina lo que harías si te convirtieras en millonario o multimillonario al instante. ¿Te encuentras soñando despierto con esto?

Si es así, tal vez la pregunta anterior sea buena para reflexionar. ¿De qué sirve ganarse la lotería más grande de la historia, convertirse en la persona más rica sobre la faz de la Tierra, si nos falta la gracia de Dios en nuestra vida y nos falta fe? ¿Cambiarías tu fe por ser excepcionalmente rico y ganar el mundo entero? Muchas personas probablemente lo harían, de lo contrario Jesús no habría hecho esta pregunta.

Muy a menudo en la vida tenemos las prioridades equivocadas. Buscamos la satisfacción y la gratificación instantáneas por encima de la plenitud eterna. Es difícil para muchas personas vivir con una perspectiva eterna.

Algunos pueden decir: “¡Bueno, elijo ambos! ¡Quiero el mundo entero y la salvación de mi alma!” Pero la pregunta de Jesús presupone que no podemos tener ambos. Debemos decidir cuál elegimos seguir. Elegir una vida de fe y la salvación de nuestras almas requiere que dejemos muchas cosas en este mundo. Incluso si Dios fuera a bendecirnos con mucho dentro del mismo, debemos esforzarnos por vivir de tal manera que estemos listos y dispuestos a “renunciar”, si eso fuera beneficioso para nuestra salvación eterna o la salvación de los demás. Esto es difícil de hacer y requiere un amor muy profundo por Dios. Requiere que estemos convencidos, en el nivel más profundo, de que la búsqueda de la santidad es más importante que cualquier otra cosa.

Reflexionemos hoy sobre esta profunda pregunta de Jesús. Sabemos que Él nos lo plantea. ¿Cómo responderemos? No dudes en hacer de Dios y de su abundante misericordia el foco central de tu vida. La Cuaresma es una de las mejores épocas del año para cuidar seriamente el deseo y la meta más fundamental de tu corazón. Elíjelo a Él por encima de todo y estarás eternamente agradecido de haberlo hecho.

Oración

Mi eterno Señor, al entrar en esta temporada de Cuaresma, dame la gracia que necesito para ver mis prioridades. Ayúdame a discernir honestamente cuál es la motivación más fundamental y central de mi vida. Ayúdame a elegirte por encima de todo para que ayudes a que todo en mi vida se ordene de acuerdo con tu santa voluntad. Jesús, en Ti confío.

Viernes después del Miércoles de Ceniza: Un día para ayunar y abstenerse

“Llegarán días en que les será quitado el esposo, y entonces ayunarán”. Mateo 9, 15

Viernes de Cuaresma… ¿estámos preparado para ellos? Cada viernes de Cuaresma es un día de abstinencia de carne. Así que asegurémonos de abrazar este pequeño sacrificio hoy en unión con toda nuestra Iglesia. ¡Qué bendición es ofrecer sacrificio como Iglesia entera!

Los viernes de Cuaresma (y, de hecho, durante todo el año) son también días en los que la Iglesia nos pide que hagamos alguna forma de penitencia. La abstinencia de carne ciertamente entra en esa categoría, a menos que no nos guste la carne y nos guste el pescado. Lo más importante que hay que entender sobre los viernes de Cuaresma es que deben ser un día de sacrificio. Jesús ofreció el último sacrificio un viernes y soportó el dolor más insoportable para la expiación de nuestros pecados. No debemos vacilar en ofrecer nuestro propio sacrificio y esforzarnos por unir espiritualmente ese sacrificio al de Cristo, pero, ¿por qué hariamos eso?

En el centro de la respuesta a esa pregunta hay una comprensión básica de la redención del pecado. Es importante entender la enseñanza única y profunda de nuestra Iglesia Católica sobre esto. Como católicos, compartimos una creencia común con otros cristianos de todo el mundo de que Jesús es el único Salvador del mundo. El único camino al Cielo es a través de la redención ganada por Su Cruz. Jesús “pagó el precio” de la muerte por nuestros pecados. Asumió nuestro castigo.

Pero dicho esto, debemos comprender nuestro papel y responsabilidad al recibir este regalo invaluable. No es simplemente un regalo que Dios ofrece diciendo: "Está bien, pagué el precio, ahora estás completamente libre". No, creemos que Él dice algo más como esto: “He abierto la puerta a la salvación a través de mi sufrimiento y muerte. Ahora los invito a entrar por esa puerta conmigo y unir sus propios sufrimientos a los míos para que mis sufrimientos, unidos a los suyos, los lleven a la salvación y liberarse del pecado”. Entonces, ahora tenemos un camino hacia la libertad y la salvación al unir nuestras vidas, sufrimientos y pecados a la Cruz de Cristo. Como católicos, entendemos que la salvación tuvo un precio y que el precio no fue solo la muerte de Jesús, sino también nuestra participación voluntaria en Su sufrimiento y muerte.

Los viernes de Cuaresma son días en los que estamos especialmente invitados a unirnos, voluntaria y libremente, al Sacrificio de Jesús. Su Sacrificio requirió de Él gran desinterés y abnegación. Los pequeños actos de ayuno, abstinencia y otras formas de abnegación que escojamos disponen nuestras voluntades a ser más conformes a la de Cristo para poder unirnos más plenamente a Él, recibiendo la gracia de la salvación.

Reflexionemos hoy sobre los pequeños sacrificios que estamos llamados a hacer en esta Cuaresma, especialmente los viernes. Tomemos la decisión de sacrificarnos hoy y descubriremos que es la mejor manera de entrar en una unión más profunda con el Salvador del Mundo.

Oración

Señor sacrificial, hoy elijo ser uno contigo en tu sufrimiento y muerte. Te ofrezco mi sufrimiento y mi pecado. Por favor, perdona mi pecado y permite que mi sufrimiento, especialmente el que resulta de mi pecado, sea transformado por Tu propio sufrimiento para que pueda compartir el gozo de Tu Resurrección. Que los pequeños sacrificios y actos de abnegación que te ofrezco se conviertan en fuente de mi unión más profunda contigo. Jesús, en Ti confío.

Sábado después del Miércoles de Ceniza: El médico "necesita" a los enfermos

“Los que están sanos no necesitan médico, pero los enfermos sí. No he venido a llamar a los justos al arrepentimiento sino a los pecadores”. Lucas 5, 31–32

¿Qué haría un médico sin pacientes? ¿Y si nadie estuviera enfermo? El pobre doctor estaría fuera del negocio. Por lo tanto, en cierto sentido, es justo decir que un médico necesita a los enfermos para cumplir su función.

Lo mismo podría decirse de Jesús. Él es el Salvador del Mundo. Pero, ¿y si no hubiera pecadores? Entonces la muerte de Jesús habría sido en vano y Su misericordia no sería necesaria. Por lo tanto, podemos concluir que Jesús, como Salvador del Mundo, de cierto modo, necesita de los pecadores. Él necesita a aquellos que se han alejado de Él, violaron la Ley Divina, violaron su propia dignidad, violaron la dignidad de los demás y actuaron de manera egoísta y pecaminosa. Jesús necesita que los pecadores cooperen con su misión. ¿Por qué? Porque Jesús es el Salvador, y un Salvador necesita salvar. ¡Un Salvador necesita a aquellos que necesitan ser salvos para poder salvar!

Es importante entender correctamente esto, porque cuando lo hagamos, de repente nos daremos cuenta de que venir a Jesús, con la inmundicia de nuestro pecado, trae gran gozo a Su Corazón. Le da alegría, porque es capaz de cumplir la misión que le encomendó el Padre, ejerciendo Su Misericordia como único Salvador.

¡Permitamos que Jesús cumpla su misión! ¡Permitamosle que nos ofrezca misericordia! Hacemos esto al admitir nuestra necesidad de misericordia. Hacemos esto viniendo a Él en un estado vulnerable y pecaminoso, indigno de misericordia y digno solo de condenación eterna. Llegar a Jesús de esta manera le permite cumplir la misión que le encomendó el Padre. Le permite manifestar, de manera concreta, Su Corazón de abundante misericordia. Jesús te “necesita” para cumplir su misión. Dale ese regalo y deja que sea tu Salvador misericordioso.

Reflexionemos hoy, sobre la misericordia de Dios desde una nueva perspectiva. Míralo desde la perspectiva de Jesús como el Médico Divino que desea cumplir Su misión sanadora. Entendamos que Él nos necesita para cumplir Su misión. Él necesita que admitamos nuestro pecado y estemos abiertos a Su sanación. Al hacerlo, permitimos que las puertas de la misericordia se derramen en abundancia en nuestros días.

Oración

Amado Salvador y Médico Divino, te agradezco por venir a salvar y sanar. Te agradezco por Tu ardiente deseo de manifestar Tu misericordia en mi vida. Por favor, humíllame para que pueda estar abierto a Tu toque sanador y que, a través de este regalo de salvación, te permita manifestar Tu Divina Misericordia. Jesús, en Ti confío.

Primera Semana de Cuaresma

Primer Domingo de Cuaresma: Enfrentando la tentación

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches, y después tuvo hambre. Mateo 4, 1–2

¿Es buena la tentación? Ciertamente no es pecado ser tentado. De lo contrario, nuestro Señor nunca podría haber vivido eso, pero así fue, y para nosotros también. Al entrar en la primera semana completa de Cuaresma, se nos da la oportunidad de reflexionar sobre la historia de la tentación de Jesús en el desierto.

La tentación nunca es de Dios. Pero Dios permite que seamos tentados. No para que caigamos, sino para que crezcamos en santidad. La tentación nos obliga a levantarnos y elegir entre Dios o la tentación. Aunque la misericordia y el perdón siempre se ofrecen cuando fallamos, las bendiciones que esperan a quienes vencen la tentación son numerosas.

La tentación de Jesús no aumentó Su santidad, pero le dio la oportunidad de manifestar Su perfección dentro de Su naturaleza humana. Es esa perfección lo que buscamos y Su perfección la que debemos esforzarnos por imitar al enfrentar las tentaciones de la vida. Veamos cinco “bendiciones” claras que pueden venir al vencer las tentaciones del maligno. Reflexionemos sobre esto cuidadosa y lentamente:

  • Primero, soportar una tentación y vencerla nos ayuda a ver la fuerza de Dios en nuestras vidas.
  • En segundo lugar, la tentación nos humilla, despojándonos de nuestro orgullo y nuestra lucha por pensar que somos independientes y autosuficientes.
  • Tercero, hay un gran valor en rechazar completamente al diablo. Esto no solo le roba su poder continuo para engañarnos, sino que también aclara nuestra visión de quién es para que podamos continuar rechazándolo a él y a sus obras.
  • En cuarto lugar, la superación clara y definitiva de la tentación nos fortalece en todas las virtudes.
  • Quinto, el diablo no nos tentaría si no estuviera preocupado por nuestra santidad. Por lo tanto, debemos ver la tentación como una señal de que el maligno está perdiendo el control de nuestras vidas.

Superar la tentación es como pasar un examen, ganar un concurso, completar un proyecto difícil o lograr alguna hazaña desafiante. Deberíamos tener un gran gozo al vencer la tentación en nuestras vidas, dándonos cuenta de que esto nos fortalece hasta el centro de nuestro ser. Al hacerlo, también debemos hacerlo con humildad, dándonos cuenta de que no hemos logrado esto por nuestra cuenta, sino solo por la gracia de Dios en nuestras vidas.

Lo contrario también es cierto. Cuando fallamos una y otra vez en una tentación particular, nos desanimamos y tendemos a perder la poca virtud que tenemos. Debemos saber que todas y cada una de las tentaciones del maligno pueden ser vencidas. Nada es demasiado grande. Nada es demasiado difícil. Humillémonos en la confesión, busquemos la ayuda de un confidente, arrodillémonos en oración, confiemos en el poder todopoderoso de Dios. Vencer la tentación no solo es posible, es una experiencia gloriosa y transformadora de gracia en tu vida.

Reflexionemos hoy sobre Jesús enfrentando al diablo en el desierto después de pasar 40 días de ayuno. Enfrentó todas las tentaciones del maligno para asegurarnos que si nos unimos completamente a Él en Su naturaleza humana, también tendremos Su fuerza para vencer cualquier cosa y todo lo que el vil demonio ponga en nuestro camino.

Oración

Mi querido Señor, después de pasar 40 días de ayuno y oración en el desierto árido y caluroso, te dejaste tentar por el maligno. El demonio te atacó con todo lo que tenía, y Tú lo venciste sencilla, rápida y definitivamente, rechazando sus mentiras y engaños. Dame la gracia que necesito para vencer cada tentación que encuentro y confiar completamente en Ti sin reservas. Jesús, en Ti confío.

Lunes de la Primera Semana de Cuaresma: Servir a Cristo en los demás

“En verdad os digo que todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más pequeños, por mí lo hicisteis”. Mateo 25, 40

¿Quién es ese “hermano menor”? Es interesante que Jesús señale específicamente a la persona menos considerada, a diferencia de una declaración más general que incluye a todas las personas. ¿Por qué no decir: “Lo que hicisteis por los demás…?” Esto incluiría a todos a quienes servimos. Pero en cambio, Jesús señaló al hermano más pequeño. Tal vez esto deba ser visto, especialmente, como la persona más pecadora, la más débil, la más gravemente enferma, la incapacitada, la hambrienta y la desamparada, y todos aquellos que tienen necesidades más profundas en esta vida.

Lo más hermoso y conmovedor de esta afirmación es que Jesús se identifica con el necesitado, el “más pequeño” de todos. Al servir a los que tienen necesidades especiales, estamos sirviendo a Jesús. Pero para que Él pueda decir eso, tiene que estar íntimamente unido a esta gente. Y al manifestar con ellos una conexión tan íntima, Jesús revela su infinita dignidad como personas.

¡Este es un punto muy importante de comprender! De hecho, este ha sido un tema central en las constantes enseñanzas de San Juan Pablo II, el papa emérito Benedicto XVI y el Papa Francisco. Una invitación a enfocarse constantemente en la dignidad y el valor de la persona debe ser el mensaje central que extraigamos de este pasaje.

Reflexionemos hoy sobre la dignidad de todas y cada una de las personas. Tratemos de recordar a cualquiera que no podamos mirar con perfecto respeto. ¿A quién hemos despreciado hasta poner los ojos en blanco? ¿A quién hemos juzgado o menospreciado? Es dentro de esta persona, más que en cualquier otra, que Jesús nos espera. Él espera encontrarnos y hacernos amar en el débil y en el pecador. Reflexionemos sobre su dignidad. Intentemos identificar la persona que más se ajusta a esta descripción en nuestra vida y comprometámonos a amarla y servirla. Porque en ellas amaremos y serviremos a nuestro Señor.

Oración

Querido Señor, entiendo y creo que Tú estás presente, en forma oculta en los más débiles, los más pobres y en el pecador en medio de nosotros. Ayúdame a buscarte diligentemente en todas y cada una de las personas que encuentro, especialmente en las más necesitadas. Al encontrarte, que te ame y te sirva con todo mi corazón. Jesús, en Ti confío.

Martes de la Primera Semana de Cuaresma: Perdonar a los demás y ser perdonado

“Si perdonáis a los hombres sus transgresiones, vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras transgresiones”. Mateo 6, 14–15

Este pasaje nos presenta un ideal por el que debemos luchar. También nos presenta las consecuencias si no luchamos por este ideal: Perdonar y ser perdonado. Ambos deben ser deseados y buscados.

Cuando el perdón se entiende correctamente, es mucho más fácil desear, dar y recibir. Cuando no se comprende adecuadamente, el perdón puede verse como una carga confusa y pesada y, por tanto, como algo indeseable.

Quizás el mayor desafío al acto de perdonar a otro es el sentido de “justicia” que puede parecer perdido cuando se otorga el perdón. Esto es especialmente cierto cuando se ofrece perdón a alguien que no pide perdón. Por el contrario, cuando sí pide perdón y expresa verdadero remordimiento, es mucho más fácil perdonar y abandonar el sentimiento de que el ofensor debe “pagar” por lo que hizo. Pero cuando hay una falta de dolor por parte del ofensor, puede quedar la sensación de una falta de justicia si se ofrece el perdón. Puede ser un sentimiento difícil de superar por nuestra cuenta.

Es importante notar que perdonar a otro no excusa su pecado. El perdón no significa que el pecado no ocurrió o que está bien que haya ocurrido. Más bien, perdonar a otro hace lo contrario. Perdonar en realidad apunta al pecado, lo reconoce y lo convierte en un enfoque central. Esto es importante de entender. Al identificar el pecado que debe ser perdonado y luego perdonarlo, se hace justicia de una manera sobrenatural. La justicia se cumple con la misericordia. Y la misericordia ofrecida tiene un efecto aún mayor en el que la ofrece que en el que la recibe.

Al ofrecer misericordia por el pecado de otro, nos liberamos de los efectos de su pecado. La misericordia es una forma en que Dios quita este dolor de nuestras vidas y nos libera para encontrar Su misericordia aún más mediante el perdón de nuestros propios pecados que nunca podríamos merecer por nuestro propio esfuerzo.

También es importante notar que perdonar a otro no necesariamente resulta en reconciliación. La reconciliación entre los dos solo puede ocurrir cuando el ofensor acepta el perdón ofrecido después de admitir humildemente su pecado. Este acto humilde y purificador satisface la justicia en un nivel completamente nuevo y permite que estos pecados se transformen en gracia. Y una vez transformados, pueden incluso llegar a profundizar el vínculo de amor entre ambos.

Reflexionemos hoy sobre la persona que más necesitamos perdonar. ¿Quién es y qué ha hecho que nos ha ofendido? No temamos ofrecer la misericordia del perdón y no dudemos en ofrecerlo. La misericordia que ofrezcamos traerá la justicia de Dios de una manera que nunca podríamos lograr por nuestros propios esfuerzos. Este acto de perdonar también nos libera de la carga de ese pecado y permite que Dios perdone los nuestros..

Oración

Mi Señor perdonador, soy un pecador que necesita Tu Misericordia. Ayúdame a tener un corazón de verdadero dolor por mis pecados y volverme a Ti buscando esa gracia. Mientras busco tu misericordia, ayúdame a perdonar también los pecados que otros han cometido en mi contra. Haz que ese perdón penetre profundamente en todo mi ser como expresión de Tu santa y Divina Misericordia. Jesús, en Ti confío.

Miércoles de la Primera Semana de Cuaresma: Respondiendo al llamado del arrepentimiento

“En el juicio los hombres de Nínive se levantarán con esta generación y la condenarán, porque a la predicación de Jonás se arrepintieron, y hay algo más grande que Jonás aquí”. Lucas 11, 32

Qué manera tan interesante para Jesús de llamar a la gente al arrepentimiento. En pocas palabras, la gente de Nínive se arrepintió cuando Jonás les predicó. Sin embargo, la gente en el tiempo de Jesús no lo hizo. El resultado es que, al final de los tiempos, al pueblo de Nínive se le dará la responsabilidad de condenar a los que no escucharon a Jesús.

Lo primero que debemos sacar de esto es que la condenación por negarse a arrepentirse de los pecados es real y seria. Jesús está hablando de condenación eterna para las personas que no acogen Su predicación. Como resultado de esta fuerte enseñanza de Jesús, debemos mirar con sinceridad nuestra propia voluntad de arrepentirnos, o la falta de ella.

En segundo lugar, es importante señalar que las personas a las que Jesús reprendió fueron mucho más bendecidas con el mensaje profético que las personas de la época de Jonás. Recordemos que Jonás fue un hombre que, al principio, huía de Dios y de su misión. No quería ir a Nínive y solo lo hizo después de que lo trajeron allí en el vientre de una ballena en contra de su voluntad. Es difícil imaginar que Jonás hubiera predicado posteriormente con un celo de todo corazón. Pero, no obstante, su predicación fue eficaz.

La gente de la época de Jesús fue bendecida al escuchar las palabras reales del Salvador del mundo. ¡Pero nosotros también! Tenemos los Evangelios, las enseñanzas de la Iglesia, el testimonio de los grandes santos, la guía del Santo Padre, los Sacramentos y mucho más. Tenemos innumerables métodos para obtener el mensaje del Evangelio en nuestra era tecnológica y, sin embargo, podemos fallar fácilmente en prestar atención al mensaje de Cristo.

Reflexionemos hoy sobre nuestra propia respuesta voluntaria a las palabras de Jesús. Él nos habla de manera poderosa y, sin embargo, a menudo no escuchamos. Nuestro fracaso en escuchar lleva al fracaso del arrepentimiento completo de nuestros pecados. Si es tu caso, reflexiona también sobre las palabras de severa condenación que aguardan a los obstinados. Esto debe llenarnos de un temor santo y motivarnos a escuchar la predicación de nuestro Señor.

Oración

Salvador del Mundo, sé que me hablas de innumerables maneras. Tú predicas a través de Tus Escrituras, Tu Iglesia y en mi vida de oración. Ayúdame a escuchar tu voz y aceptar todo lo que dices con perfecta obediencia y sumisión. Te amo, mi amado Señor, y me arrepiento de mi pecado. Jesús, en Ti confío.

Jueves de la Primera Semana de Cuaresma: Pide y todo lo bueno te será dado

“Pedid y se os dará; Buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá la puerta…” “Cuánto más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a los que le pidan.” Mateo 7, 7.11

Jesús es muy claro en que cuando pidamos, recibiremos, cuando busquemos, encontraremos, y cuando llamemos, la puerta se nos abrirá. ¿Pero es esa tu experiencia? A veces podemos pedir, rogar y suplicar, y parece que nuestra oración no recibe respuesta, al menos en la forma en que queremos que sea respondida. Entonces, ¿qué quiere decir Jesús cuando dice “pedid… buscad… llamad” y recibiréis?

La clave para entender esta exhortación de nuestro Señor es que, como dice la Escritura anterior, a través de nuestra oración, Dios dará “buenas cosas a los que le pidan”. Él no nos promete lo que le pidamos; más bien, Él promete lo que es verdaderamente bueno, en particular, para nuestra salvación eterna.

Esto plantea la pregunta: "Entonces, ¿cómo y por qué oro?" Idealmente, cada oración de intercesión que pronunciemos debería ser para que se haga la voluntad del Señor, nada más y nada menos. Sólo Su perfecta voluntad.

Orar por eso puede ser más difícil de lo que uno podría esperar. Con demasiada frecuencia tendemos a orar para que se “haga nuestra voluntad” en lugar de hacerlo para que se haga Su Voluntad. Pero si podemos confiar en un nivel profundo en que la voluntad de Dios es perfecta y nos provee de todas las “cosas buenas”, entonces buscar Su voluntad, pedirla y llamar a la puerta de Su corazón producirá una abundancia de gracia, como Dios desea otorgarla.

Reflexionemos hoy, sobre nuestra forma de orar. Tratemos de cambiar nuestra oración para buscar las cosas buenas que Dios quiere otorgarnos en lugar de las muchas cosas que queremos que Dios nos conceda. Puede ser difícil al principio desapegarse de nuestras propias ideas y nuestra propia voluntad, pero al final, seremos bendecidos con muchas cosas buenas por parte de Dios.

Oración

Señor de la verdadera bondad, oro para que se haga Tu voluntad en todas las cosas. Deseo entregarme a Ti por encima de todo y confiar en Tu plan perfecto. Ayúdame, amado Señor, a abandonar mis propias ideas y deseos, y a buscar siempre Tu voluntad. Jesús, en Ti confío.

Viernes de la Primera Semana de Cuaresma: Ser real, honesto y sincero

“Os digo que si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Mateo 5, 20

¿Quién quiere entrar en el Reino de los Cielos? ¡Ciertamente todos! Ese debe ser nuestro principal objetivo en la vida. Y, junto con ese objetivo, debemos tratar de llevar a tantas personas como sea posible.

Con demasiada frecuencia no vemos esto como un objetivo final en la vida. Fallamos en mantener nuestros ojos en el Cielo como la razón principal por la que estamos aquí en la Tierra. Es muy fácil quedar atrapado en las satisfacciones del día a día, de lo que podemos llamar las pequeñas metas de la vida. Estos son objetivos tales como entretenimiento, dinero, éxito y similares. Y a menudo podemos hacer de estos pequeños objetivos nuestra única meta.

Entonces ¿cuál es nuestro objetivo? ¿Qué es aquello por lo que luchamos y qué buscamos a lo largo del día a día? Si examinamos honestamente nuestras acciones a lo largo de cada día, podemos sorprendernos de que en realidad estamos persiguiendo pequeñas metas sin importancia y más pasajeras de lo que creemos.

Jesús nos da una guía clara en este pasaje anterior sobre cómo alcanzar la meta final de la vida: el Reino de los Cielos. El camino que Él señala es la justicia.

¿Qué es la justicia? Es simplemente ser real, ser auténtico, no ser falso. Y más especialmente, es ser real en nuestro amor por Dios. Los fariseos lucharon con pretender que eran santos y buenos seguidores de la voluntad de Dios. Pero no eran muy buenos en eso. Es posible que hayan sido buenos en el trabajo de actuación y que se hayan convencido a sí mismos y a los demás, pero no pudieron engañar a Jesús. Jesús podía ver a través de su fachada falsa y percibir lo que había detrás. Podía ver que su "justicia" era solo un montaje para ellos mismos y para los demás.

Reflexionemos hoy sobre nuestra propia rectitud, nuestra honestidad y sinceridad en la lucha por la santidad. Si queremos mantener diariamente el Cielo como objetivo final, entonces también debemos esforzarnos por hacer de cada pequeño objetivo diario un intento honesto de santidad. Debemos buscar diariamente a Cristo con toda sinceridad y verdad en todas las cosas pequeñas de la vida. Entonces debemos dejar que esa sinceridad brille, mostrando lo que realmente hay debajo. Ser justos, en el sentido más verdadero, significa que buscamos a Dios sinceramente a lo largo de nuestro día y hacemos de esa sinceridad la meta constante de nuestra vida.

Oración

Señor de la verdadera justicia, hazme justo. Por favor, ayúdame a ser sincero en todo lo que hago y en todo lo que busco en la vida. Ayúdame a amarte y adorarte en cada momento del día. Jesús, en Ti confío.

Sábado de la Primera Semana de Cuaresma: La llamada a la perfección

“Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Mateo 5, 48

La perfección es nuestra vocación, nada menos. El peligro de tratar de aspirar a algo menos es que en realidad podríamos alcanzarlo. En otras palabras, si nos conformamos solo con ser “bastante bueno”, en realidad podríamos convertirnos en “bastante bueno”. Pero bastante bueno no es lo suficientemente bueno según Jesús. ¡Él quiere la perfección! Esta es una vocación elevada.

¿Qué es la perfección? Puede parecer abrumador y casi más allá de las expectativas razonables. Incluso podemos desanimarnos ante esta idea. Pero si comprendemos qué es realmente la perfección, es posible que ese pensamiento no nos intimide en absoluto. De hecho, podemos encontrarnos deseándolo profundamente y convirtiéndolo en nuestra nueva meta en la vida.

Al principio, la perfección puede parecer algo que solo vivieron los grandes santos de antaño. Pero por cada santo que podemos leer en un libro, hay miles más que nunca han sido registrados en la historia y muchos otros santos futuros que viven hoy. Imagina eso. Cuando lleguemos al Cielo, ciertamente estaremos asombrados de los grandes santos que conocemos. Pero pensemos en los innumerables otros que se nos presentarán por primera vez en el Cielo. Estos hombres y mujeres se esforzaron y encontraron el camino de la verdadera felicidad. Descubrieron que estaban destinados a la perfección.

La perfección significa que nos esforzamos por vivir todos y cada uno de los momentos en la gracia de Dios. Simplemente viviendo aquí y ahora inmersos en la gracia de Dios. Todavía no tenemos el mañana, y el ayer se ha ido para siempre. Todo lo que tenemos es este único momento presente. Y es este momento que estamos llamados a vivir perfectamente.

Ciertamente cada uno de nosotros puede buscar la perfección por un momento. Podemos rendirnos a Dios aquí y ahora y buscar solo Su voluntad en este momento. Podemos rezar, ofrecer caridad desinteresada, hacer un acto de extraordinaria bondad y cosas por el estilo. Y si podemos hacerlo en este momento presente, ¿qué nos impide hacerlo en el próximo momento?

Con el tiempo, cuanto más vivimos cada momento en la gracia de Dios y nos esforzamos por rendir cada momento a Su voluntad, nos hacemos más fuertes y más santos. Poco a poco construimos hábitos que hacen que cada momento sea más fácil. Con el tiempo, los hábitos que formamos nos hacen quienes somos y nos llevan a la perfección.

Reflexionemos hoy sobre el momento presente. Tratemos de no pensar en el futuro, solo en el momento que tenemos ahora. ¡Haz el compromiso de vivir este momento en santidad y estarás en el camino de convertirte en santo!

Oración

Señor de la verdadera santidad, quiero ser santo. Quiero ser santo como Tú eres santo. Ayúdame a vivir cada momento para Ti, contigo y en Ti. Te doy este momento presente, amado Señor. Jesús, en Ti confío.

Segunda Semana de Cuaresma

Segundo Domingo de Cuaresma: Volviéndose blanco como la luz

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó solos a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos; su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. Mateo 17, 1–2

Qué descripción tan fascinante: “blanco como la luz”. ¿Qué tan blanco es algo que se describe “blanco como la luz”?

En esta segunda semana de Cuaresma, se nos presenta la imagen esperanzadora de Jesús transfigurándose ante los ojos de Pedro, Santiago y Juan. Son testigos de un pequeño atisbo de Su eterna gloria y resplandor como el Hijo de Dios y Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Están atónitos, emocionados, asombrados y llenos de la mayor alegría. El rostro de Jesús brilla como el sol y Su ropa es tan blanca, tan pura, tan radiante que brillan como la luz más brillante y pura que se pueda imaginar.

¿Por qué pasó esto? ¿Por qué Jesús hizo esto y por qué permitió que estos tres Apóstoles vieran este evento glorioso? Y para reflexionar más, ¿por qué reflexionamos sobre esta escena al comienzo de la Cuaresma?

En pocas palabras, la Cuaresma es un tiempo para examinar nuestras vidas y ver nuestros pecados más claramente. Es un tiempo que se nos da cada año para hacer una pausa en la confusión de la vida y reexaminar el camino en el que estamos. Mirar nuestros pecados puede ser difícil. Puede ser deprimente y puede tentarnos a la depresión, la desesperanza e incluso la desesperación. Pero la tentación de la desesperación debe ser vencida. Y no se supera ignorando nuestro pecado, sino volviendo nuestra mirada al poder y la gloria de Dios.

La Transfiguración es un evento dado a estos tres Apóstoles para darles esperanza mientras se preparan para enfrentar el sufrimiento y la muerte de Jesús. Se les da este atisbo de gloria y esperanza mientras se preparan para ver a Jesús abrazar sus pecados y soportar las consecuencias.

Si enfrentamos el pecado sin esperanza, estamos condenados. Pero si enfrentamos el pecado (nuestro pecado) recordando quién es Jesús y lo que ha hecho por nosotros, entonces enfrentar nuestro pecado no nos llevará a la desesperación sino a la victoria y a la gloria.

Mientras los Apóstoles miraban y veían a Jesús transfigurado, oyeron una voz del Cielo que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; escúchenlo” ( Mt. 17:5b ). El Padre habló esto de Jesús, pero también quiere hablarlo de cada uno de nosotros. Necesitamos ver en la Transfiguración el fin y la meta de nuestras vidas. Necesitamos saber, con la más profunda convicción, que el Padre desea transformarnos en la luz más blanca, quitando todo pecado, y otorgándonos la gran dignidad de ser un verdadero hijo o hija de Él.

Reflexionemos hoy sobre nuestros pecados. Pero hagámoslo mientras reflexionamos sobre la naturaleza transfigurada y gloriosa de nuestro divino Señor. Él vino a otorgar este don de la santidad a cada uno de nosotros. Ese es nuestro llamado. Esa es nuestra dignidad. Eso es en lo que debemos convertirnos, y la única forma de hacerlo es permitir que Dios nos limpie de todo pecado en nuestras vidas y nos lleve a Su gloriosa vida de gracia.

Oración

Mi Señor transfigurado, resplandecías con fulgor ante los ojos de tus Apóstoles para que pudieran testimoniar la belleza de la vida a la que todos estamos llamados. Durante esta Cuaresma, ayúdame a enfrentar mi pecado con valentía y confianza en Ti y en Tu poder, no solo para perdonar sino también para transformar. Que muera al pecado más profundamente que nunca para participar más plenamente en la gloria de tu vida divina. Jesús, en Ti confío.

Lunes de la Segunda Semana de Cuaresma: Juzgar las acciones, no el corazón

“Deja de juzgar y no serás juzgado. Deja de condenar y no serás condenado”. Lucas 6, 37

¿Alguna vez has conocido a alguien por primera vez y sin siquiera hablar con esta persona de repente llegaste a la conclusión de lo que piensas de ellos? Quizás era que parecían un poco distantes, o tenían cierta falta de expresión, o parecían distraídos. Si somos honestos con nosotros mismos, tendríamos que admitir que es muy fácil llegar a un juicio inmediato de los demás. Es fácil pensar de inmediato que debido a que parecen distantes o carecen de esa expresión de calidez, o están distraídos, deben tener un problema.

Lo que es difícil de hacer es suspender por completo nuestro juicio sobre los demás. Es difícil darles de inmediato el beneficio de la duda y suponer solo lo mejor.

Por otro lado, podemos encontrarnos con personas que son muy buenos actores. Son amables y corteses; nos miran a los ojos y sonríen, nos dan la mano y nos tratan con mucha amabilidad. Puede alejarse pensando: "¡Vaya, esa persona realmente lo tiene todo bajo control!"

El problema con estos dos enfoques es que, en realidad, no es nuestro lugar formar un juicio para bien o para mal en primer lugar. Quizás el que da una buena impresión es simplemente un buen “político” y sabe cómo prender el encanto. Pero el encanto puede ser engañoso.

La clave aquí, de la declaración de Jesús, es que debemos esforzarnos por no juzgar en todos los sentidos. Simplemente no es nuestro lugar. Dios es el juez de lo bueno y lo malo. Claro que debemos mirar las buenas acciones y estar agradecidos cuando las vemos e incluso ofrecer afirmación por la bondad que vemos. Y, por supuesto, debemos notar el mal comportamiento, ofrecer corrección según sea necesario y hacerlo con amor. Pero juzgar las acciones es muy diferente a juzgar a la persona. No debemos juzgar a la persona, ni queremos ser juzgados o condenados por otros. No queremos que otros supongan que conocen nuestros corazones y motivos.

Quizás una lección importante que podemos aprender de esta declaración de Jesús es que el mundo necesita más personas que no juzguen ni condenen. Necesitamos más personas que sepan ser verdaderos amigos y amar incondicionalmente. Y Dios quiere que seamos una de esas personas.

Reflexionemos hoy sobre la frecuencia con la que juzgamos a los demás y sobre lo bueno que somos para ofrecer el tipo de amistad que necesitan los que nos rodean. Al final, si ofrecemos este tipo de amistad, lo más probable es que seamos bendecidos con otras personas que también nos ofrezcan este tipo de amistad. ¡Y con eso ambos seremos bendecidos!

Oración

Señor, dame un corazón que no juzgue. Ayúdame a amar a cada persona que encuentro con un amor y aceptación santos. Ayúdame a tener la caridad que necesito para corregir sus errores con bondad y firmeza, pero también para ver más allá de la superficie y ver a la persona que Tú creaste. A cambio, dame el verdadero amor y la amistad de los demás para que yo pueda confiar y disfrutar del amor que Tú deseas que yo tenga. Jesús, en Ti confío.

Martes de la Segunda Semana de Cuaresma: La exaltación de los humildes de corazón

“El que se enaltece será humillado; pero el que se humilla será enaltecido.” Mateo 23, 12

La humildad parece una contradicción. Fácilmente nos sentimos tentados a pensar que el camino a la grandeza implica que todos sepan lo que hacemos bien. Hay una tentación constante para la mayoría de las personas de mostrar su mejor cara y esperar que otros la vean y la admiren. Queremos ser notados y elogiados. Y a menudo tratamos de hacer que eso suceda con las pequeñas cosas que hacemos y decimos. Y también tendemos a exagerar quiénes somos.

Por otro lado, si alguien nos critica y piensa mal de nosotros, tiene el potencial de ser devastador. Si escuchamos que alguien dijo algo negativo sobre nosotros, podemos irnos a casa y estar deprimidos o enojados por eso el resto del día, ¡o incluso el resto de la semana! ¿Por qué? Porque nuestro orgullo está herido y esa herida puede doler. Puede doler a menos que hayamos descubierto el increíble don de la humildad.

La humildad es una virtud que nos permite ser reales. Nos permite atravesar cualquier personalidad falsa que podamos tener y simplemente ser quienes somos. Nos permite sentirnos cómodos con nuestras buenas cualidades, así como con nuestros fracasos. La humildad no es otra cosa que ser honestos y verdaderos sobre nuestras vidas y estar cómodos con esa persona.

Jesús nos da una lección maravillosa en el pasaje del Evangelio anterior que es muy difícil de vivir pero que es absolutamente clave para vivir una vida feliz. ¡Él quiere que seamos exaltados! Él quiere que los demás se fijen en nosotros. Él quiere que nuestra luz de bondad brille para que todos la vean y que esa luz marque la diferencia. Pero Él quiere que se haga en verdad, no presentando una personalidad falsa. Él quiere que el verdadero "yo" brille. Y eso es humildad.

La humildad es sinceridad y autenticidad. Y cuando la gente ve esta cualidad en nosotros, queda impresionada. No tanto de una manera mundana sino de una manera auténticamente humana. No nos mirarán y sentirán envidia, más bien, nos mirarán y verán las verdaderas cualidades que tenemos y las disfrutarán, las admirarán y querrán imitarlas. La humildad permite que brille nuestro verdadero yo. Y, lo creamos o no, nuestro verdadero yo es alguien a quien otros quieren encontrar y llegar a conocer.

Reflexionemos hoy sobre cuán genuinos somos. Hagamos de este tiempo de Cuaresma un tiempo en el que la necedad del orgullo se haga añicos. Dejemos que Dios nos quite toda imagen falsa de nosotros mismos para que brille nuestro verdadero yo. Humillémonos de esta manera y Dios nos tomará y nos exaltará a Su manera para que nuestro corazón pueda ser visto y amado por quienes nos rodean.

Oración

Señor de perfecta humildad, hazme humilde. Ayúdame a ser sincero y honesto acerca de quién soy. Y en esa honestidad, ayúdame a dejar que Tu Corazón, que vive en el mío, brille para que otros lo vean. Jesús, en Ti confío.

Miércoles de la Segunda Semana de Cuaresma: La vida de sacrificio

Jesús le respondió: “No sabes lo que pides. ¿Puedes beber el cáliz que voy a beber?” Le dijeron: “Podemos”. Él respondió: “Mi cáliz ciertamente beberéis, pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda, no me corresponde a mí darlo, porque es de aquellos para quienes el Padre lo haya dispuesto”. Mateo 20, 22–23

Es fácil tener buenas intenciones, pero ¿es eso suficiente? El pasaje de este Evangelio fue dicho por Jesús a los hermanos Santiago y Juan después de que su amada madre se acercara a Jesús y le pidiera que le prometiera que sus dos hijos se sentarían a su derecha e izquierda cuando Él tomara posesión de su trono real. Tal vez fue un poco atrevido de su parte pedirle eso a Jesús, pero claramente era el amor de una madre lo que estaba detrás de su pedido.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que en realidad ella no sabía lo que estaba pidiendo. Y si lo sabía, no debió haber pedido a Jesús este “favor” en absoluto. Jesús iba a subir a Jerusalén donde Él tomaría Su trono de la Cruz y sería crucificado. Y fue en este contexto que se le pregunta a Jesús si Santiago y Juan podrían unirse a Él en Su trono. Por eso Jesús les pregunta a estos dos Apóstoles: “¿Pueden beber el cáliz que voy a beber?”. A lo que responden: “Podemos”. Y Jesús confirma esto diciéndoles: “Mi cáliz ciertamente beberéis”.

Fueron invitados por Jesús a seguir sus pasos y a dar valientemente sus vidas de manera sacrificial por el amor de los demás. Debían abandonar todo temor y debían estar listos y dispuestos a decir "Sí" a sus propias cruces mientras buscaban servir a Cristo y Su misión.

Seguir a Jesús no es algo que debamos hacer a medias. Si queremos ser un verdadero seguidor de Cristo entonces nosotros también necesitamos beber el cáliz de Su Preciosa Sangre profundamente en nuestras almas y ser nutridos por ese regalo para que estemos listos y dispuestos a darnos a nosotros mismos hasta el punto de un sacrificio total. Necesitamos estar listos y dispuestos a no retener nada, incluso si eso significa el mayor de los sacrificios.

Cierto, muy pocas personas serán llamadas a ser mártires literales, pero TODOS estamos llamados a ser mártires en espíritu. Esto significa que debemos estar tan completamente entregados a Cristo y a Su voluntad de que muramos a nosotros mismos.

Reflexionemos hoy sobre Jesús haciéndonos esta pregunta: “¿Puedes beber del cáliz que voy a beber?” ¿Puedes darlo todo voluntariamente, sin guardarte nada? ¿Puede tu amor por Dios y por los demás ser tan completo y total que seas un mártir en el verdadero sentido de la palabra? Demos nuestro “Sí”, bebamos el cáliz de Su Preciosa Sangre y ofrezcamos diariamente nuestra vida en sacrificio total. ¡Vale la pena y sí podemos hacerlo!

Oración

Mi Señor sacrificial, que mi amor por Ti y por los demás sea tan completo que no retenga nada. Que pueda entregar mi mente sólo a Tu Verdad y mi voluntad a Tu Camino. Y que el don de Tu Preciosa Sangre sea mi fuerza en este camino para que pueda imitar Tu amor perfecto y sacrificial. Jesús, en Ti confío.

Jueves de la Segunda Semana de Cuaresma: Verdaderas riquezas

Cuando murió el pobre, fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado, y desde el inframundo, donde estaba en tormentos, alzó los ojos y vio de lejos a Abraham y a Lázaro a su lado. Lucas 16, 22–23

Si tuvieras que elegir, ¿qué preferirías? ¿Ser rico y cenar suntuosamente todos los días, vestido con ropas púrpuras, teniendo todo lo que puedas desear en este mundo? ¿O ser un pobre mendigo, cubierto de llagas, viviendo en un portal, sintiendo los dolores del hambre? Es una pregunta fácil de responder. La vida rica y cómoda es más atractiva a primera vista. Pero la pregunta no debe verse superficialmente, debemos mirar más profundamente y considerar el contraste total de estas dos personas y los efectos que sus vidas internas tienen en sus almas eternas.

En cuanto al pobre, cuando murió “fue llevado por los ángeles al seno de Abraham”. En cuanto al hombre rico, la Escritura dice que “murió y fue sepultado” y fue al “inframundo, donde estaba en tormento”. Ahora, ¿quién preferirías ser?

Aunque puede ser deseable ser rico en esta vida y en la próxima, ese no es el punto de la historia de Jesús. El punto de Su historia es simple en que mientras estemos en esta Tierra debemos arrepentirnos, alejarnos del pecado, escuchar las palabras de las Escrituras, creer y mantener nuestros ojos en nuestra verdadera meta de las riquezas del Cielo.

En cuanto a si eres rico o pobre en esta vida, realmente no debería importar. Aunque esa es una convicción difícil de alcanzar, interiormente, debe ser nuestra meta. El cielo y las riquezas que nos esperan deben ser nuestro enfoque. Y nos preparamos para el Cielo escuchando la Palabra de Dios y respondiendo con la mayor generosidad.

El hombre rico podría haber respondido en esta vida al ver la dignidad y el valor del hombre pobre que yacía en su puerta, y tenderle la mano con amor y misericordia. Pero no lo hizo. Estaba demasiado centrado en sí mismo.

Reflexionemos hoy sobre el marcado contraste entre estos dos hombres, y especialmente sobre la eternidad que les esperaba a cada uno de ellos. Si vemos alguna de las tendencias pecaminosas de este hombre rico en nuestra propia vida, entonces arrepintámonos de estos pecados hoy. Veamos la dignidad y el valor en cada persona que encontremos. Y si tendemos a centrarnos más en nosotros mismos, consumidos por el placer egoísta y el exceso, busquemos abrazar la verdadera pobreza de espíritu, esforzándonos por apegarnos solo a Dios y a las abundantes bendiciones que vienen con un abrazo total de todo lo que Él nos ha revelado.

Oración

Señor de las verdaderas riquezas, por favor líbrame de mi egoísmo. Ayúdame, en cambio, a permanecer enfocado en la dignidad de todas las personas y entregarme en su servicio. Que descubra en los pobres, los quebrantados y los humildes, una imagen tuya. Y mientras descubro Tu presencia en sus vidas, que te ame en ellos, buscando ser un instrumento de Tu misericordia. Jesús, en Ti confío.

Viernes de la Segunda Semana de Cuaresma: Rechazo transformado

La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular. Mateo 21, 42

De todos los rechazos que se han vivido a lo largo de los tiempos, hay uno que destaca por encima del resto. Es el rechazo del Hijo de Dios. Jesús no tenía nada más que amor puro y perfecto en Su Corazón. Quería lo mejor para todos los que encontraba. Y Él estaba dispuesto a ofrecer el regalo de Su vida a cualquiera que lo aceptara. Aunque muchos lo han aceptado, muchos también lo han rechazado.

Es importante entender que el rechazo que experimentó Jesús dejó un profundo dolor y sufrimiento. Ciertamente, la Crucifixión fue extraordinariamente dolorosa. Pero la herida que experimentó en Su Corazón por el rechazo de tantos fue Su mayor dolor y le causó el mayor de los sufrimientos.

Sufrir en este sentido fue un acto de amor, no un acto de debilidad. Jesús no sufrió interiormente por orgullo o por una mala imagen de sí mismo. Más bien, Su Corazón sufría porque amaba tan profundamente. Y cuando ese amor fue rechazado, lo llenó del santo dolor del que hablan las Bienaventuranzas (“Bienaventurados los que lloran…” Mateo 5, 4). Este tipo de dolor no era una forma de desesperación; más bien, fue una experiencia profunda de la pérdida del amor de otro. Era santo, y también el resultado de Su amor que arde por todos.

Cuando experimentamos rechazo, es difícil resolver el dolor que sentimos. Es muy difícil dejar que el dolor y la ira que sentimos se conviertan en un “santo dolor” que tiene el efecto de motivarnos hacia un amor más profundo por aquellos por quienes lloramos. Esto es difícil de hacer, pero es lo que hizo nuestro Señor. El resultado de Jesús haciendo esto fue la salvación del mundo. Imaginemos si Jesús simplemente se hubiera dado por vencido. ¿Qué pasaría si, en el momento de Su arresto, Jesús hubiera llamado a las miríadas de ángeles para que vinieran a Su rescate? ¿Qué pasaría si Él hubiera hecho esto pensando: “¡Estas personas no valen la pena!”? Nunca hubiéramos recibido el don eterno de la salvación por Su muerte y Resurrección. El sufrimiento no se habría transformado en amor.

Reflexionemos hoy sobre la profunda verdad de que el rechazo es potencialmente uno de los mayores dones que tenemos para luchar contra el mal. Es "potencialmente" uno de los mayores regalos porque todo depende de cómo respondamos en última instancia. Jesús respondió con amor perfecto cuando exclamó: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. ¡Este acto de amor perfecto en medio de Su último rechazo le permitió convertirse en la "Piedra angular" de la Iglesia y, por lo tanto, en la Piedra angular de la nueva vida! Estamos llamados a imitar este amor y compartir su capacidad no solo de perdonar, sino también de ofrecer el santo amor de la misericordia. Cuando lo hagamos, también nos convertiremos en una piedra angular de amor y gracia para aquellos que más lo necesitan.

Oración

Señor de misericordia, ayúdame a ser esa piedra angular. Ayúdame no solo a perdonar cada vez que me lastimen, sino también a ofrecer amor y misericordia a cambio. Eres el ejemplo divino y perfecto de este amor. Que yo participe de este mismo amor, clamando contigo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Jesús, en Ti confío.

Sábado de la Segunda Semana de Cuaresma: El amor inquebrantable de un padre

Rápidamente, traigan la túnica más fina y póngansela; ponle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Toma el becerro más gordo y mátalo. Entonces celebremos con fiesta, porque este hijo mío estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido encontrado.” Entonces comenzó la celebración. Lucas 15, 22–24

En esta historia familiar del hijo pródigo, vemos valor en el hijo al elegir regresar con su padre. Y esto es significativo a pesar de que el hijo regresó principalmente por una necesidad desesperada. Sí, humildemente admite sus errores y le pide a su padre que lo perdone y lo trate como a uno de sus jornaleros. ¡Pero volvió! La pregunta a responder es "¿Por qué?"

Es justo decir que el hijo volvió al padre, ante todo, porque conocía en su corazón la bondad de su padre. Éste era un buen padre. Había demostrado su amor y cuidado por su hijo a lo largo de su vida. Y aunque el hijo rechazó al padre, eso no cambia el hecho de que el hijo siempre supo que él lo amaba. Tal vez ni siquiera dimensión cuánto se daba cuenta de esto. Pero fue esta certeza en su corazón lo que le dio el coraje de volver a su padre con esperanza en el amor perdurable de éste.

Esto revela que el amor auténtico siempre funciona. Siempre es efectivo. Incluso si alguien rechaza el amor santo que ofrecemos, siempre tiene un impacto sobre ellos. El verdadero amor incondicional es difícil de ignorar y es difícil de rechazar. El hijo se dio cuenta de esta lección y nosotros también debemos hacerlo.

Pasemos tiempo meditando en oración sobre el corazón del padre. Deberíamos reflexionar sobre el dolor que debe haber sentido, pero también la esperanza constante que debe haber tenido al anticipar el regreso de su hijo. Debemos reflexionar sobre el gozo desbordante en su corazón cuando vio a su hijo regresar desde la distancia. Corrió hacia él, ordenó que lo cuidaran bien e hizo una fiesta. Todas estas cosas son signos de un amor que no se puede contener.

Este es el amor que el Padre Celestial tiene por cada uno de nosotros. Él no es un Dios enojado o duro. Él es un Dios que anhela llevarnos de regreso y reconciliarse con nosotros. Él desea regocijarse en el momento en que nos volvemos a Él en nuestra necesidad. Aunque no estemos seguros, Él está seguro de Su amor, Él siempre está esperándonos, y en el fondo todos lo sabemos.

Reflexionemos hoy sobre la importancia de reconciliarnos con el Padre Celestial. La Cuaresma es un tiempo ideal para el Sacramento de la Reconciliación. Sobre ese Sacramento se trata esta historia. Es la historia de nosotros yendo al Padre con nuestro pecado y Él colmándonos de Su misericordia. Puede ser aterrador e intimidante ir a la Confesión, pero si entramos en ese Sacramento con honestidad y sinceridad, nos espera una maravillosa sorpresa. Dios correrá hacia nosotros, levantará nuestras cargas y las dejará atrás. No dejes pasar esta Cuaresma sin participar de este maravilloso regalo del Sacramento de la Reconciliación.

Oración

Padre compasivo, he pecado. Me he alejado de Ti y he actuado por mi cuenta. Ahora es el momento de volver a Ti con un corazón abierto y honesto. Dame el coraje que necesito para abrazar ese amor en el Sacramento de la Reconciliación. Gracias por tu amor inquebrantable y perfecto. Padre que estás en los cielos, Espíritu Santo y Jesús, mi Señor, en Ti confío.

Tercera Semana de Cuaresma

Tercer Domingo de Cuaresma: Saciando su sed con agua viva

“Ven a ver a un hombre que me dijo todo lo que he hecho. ¿Es posible que sea el Cristo? Juan 4, 29

Esta es la historia de una mujer que se encontró con Jesús en el pozo. Ella llega al pozo en medio del calor del mediodía para evitar a las otras mujeres de su pueblo por temor a encontrarse con su juicio sobre ella, ya que era una mujer pecadora. En el pozo se encuentra con Jesús. Jesús habla con ella por un rato y esta conversación casual pero transformadora la conmueve profundamente.

Lo primero que hay que notar es que el mismo hecho de que Jesús le hablara la conmovió. Ella era una mujer samaritana y Jesús era un hombre judío. Los hombres judíos no hablaban con las mujeres samaritanas. Pero había algo más que Jesús dijo que la afectó profundamente. Como nos dice la misma mujer, Él “me dijo todo lo que he hecho”.

No solo estaba impresionada de que Jesús supiera todo sobre su pasado como si fuera un lector de mentes o un mago. Hay más en este encuentro que el simple hecho de que Jesús le contó todo acerca de sus pecados pasados. Lo que realmente pareció conmoverla fue que dentro del contexto de que Jesús sabía todo acerca de ella, todos los pecados de su vida pasada y sus relaciones rotas, todavía la trataba con el mayor respeto y dignidad. ¡Esta fue una nueva experiencia para ella!

Podemos estar seguros de que ella habría experimentado diariamente una especie de vergüenza comunitaria. La forma en que vivía en el pasado y la forma en que vivía en el presente no era un estilo de vida aceptable. Y ella sintió la vergüenza que, como se mencionó anteriormente, fue la razón por la que vino al pozo a la mitad del día. Ella estaba evitando a los demás.

Pero aquí estaba Jesús. Él sabía todo acerca de ella, pero de todos modos quería darle Agua Viva. Quería saciar la sed que ella sentía en su alma. Mientras Él le hablaba y ella experimentaba Su dulzura y aceptación, esa sed empezó a apagarse porque lo que ella realmente necesitaba, lo que todos necesitamos, es este perfecto amor y aceptación que ofrece Jesús. Se lo ofreció a ella y nos lo ofrece a nosotros.

Curiosamente, la mujer se fue y “dejó su cántaro de agua” junto al pozo. En realidad nunca consiguió el agua por la que vino, ¿o sí? Simbólicamente, este acto de dejar la tinaja de agua en el pozo es una señal de que su sed fue saciada por este encuentro con Jesús. Ya no tenía sed, al menos espiritualmente hablando. Jesús, el Agua Viva, la sació.

Reflexionemos hoy sobre la innegable sed que hay dentro de nosotros. Una vez que estemos conscientes de ello, tomemos la decisión consciente de dejar que Jesús nos sacie con Agua Viva. Si haceemos esto, también dejaremos atrás las muchas "agua alternativas" que no nos satisfacen por mucho tiempo.

Oración

Jesús, Tú eres el Agua Viva que necesita mi alma. Que pueda encontrarte en el calor de mi día, en las pruebas de la vida, y en mi vergüenza y culpa. Que encuentre Tu amor, dulzura y aceptación en estos momentos, y que ese Amor se convierta en la fuente de mi nueva vida en Ti. Jesús, en Ti confío.

Lunes de la Tercera Semana de Cuaresma: ¡Sedienta está mi alma!

Sedienta está mi alma del Dios vivo. ¿Cuándo iré y contemplaré el rostro de Dios? Salmo 42, 3

¡Qué hermosa declaración para poder hacer. La palabra “sediento” es una palabra que no se usa con tanta frecuencia, pero vale la pena reflexionar sobre ella. Ésta revela un anhelo y un deseo de ser saciados no solo por Dios, sino por el "¡Dios vivo!" Y para “contemplar el rostro de Dios”.

¿Con qué frecuencia anhelas algo así? ¿Con qué frecuencia dejas que el deseo de Dios arda dentro de tu alma? Este es un maravilloso deseo y anhelo. De hecho, el deseo en sí mismo es suficiente para comenzar a traer una gran satisfacción y plenitud en la vida.

Hay una historia de un monje anciano que vivió su vida como ermitaño siendo sacerdote y capellán de un grupo de hermanas monásticas. Este monje vivió una vida muy tranquila de soledad, oración, estudio y trabajo la mayor parte de su vida. Un día, hacia el final de su vida, le preguntaron cómo disfrutó de su vida todos estos años. Inmediatamente y sin dudarlo, su rostro se iluminó y se llenó de una profunda alegría. Y dijo con la más profunda convicción: “¡Qué vida tan gloriosa tengo! Todos los días me preparo para morir”.

Este monje tenía un enfoque en la vida. Era un enfoque en el rostro de Dios. Nada más importaba realmente. Lo que anhelaba y anticipaba todos y cada uno de sus días era ese momento en que entraría en la gloriosa Visión Beatífica y vería a Dios cara a cara. Y fue el pensamiento de esto lo que le permitió seguir adelante, día tras día, año tras año, ofreciendo Misa y adorando a Dios en preparación para esa gloriosa reunión.

¿De qué tienes sed? ¿Cómo completarías esa afirmación? ¿De qué está sedienta tu alma? ¿Por qué? Con demasiada frecuencia tenemos sed de esas cosas que son tan artificiales y temporales. Nos esforzamos demasiado por ser felices y, sin embargo, a menudo nos quedamos cortos. Pero si podemos dejar que nuestros corazones se enciendan con el anhelo de lo que es esencial, aquello para lo que fuimos creados, entonces todo lo demás en la vida encajará. Si colocamos a Dios en el centro de todos nuestros anhelos, todas nuestras esperanzas y todos nuestros deseos, en realidad comenzaremos a “contemplar el rostro de Dios” aquí y ahora. Incluso el más mínimo atisbo de la gloria de Dios nos saciará tanto que transformará toda nuestra perspectiva de la vida y nos dará una dirección clara y segura en todo lo que hagamos. Cada relación se verá afectada, cada decisión que tomemos será orquestada por el Espíritu Santo y se descubrirá el propósito y significado de la vida que estamos llevando. Cada vez que pensemos en nuestras vidas, nos pondremos radiantes al reflexionar sobre el viaje en el que estamos y anhelamos ponerlo en marcha anticipando la recompensa eterna que nos espera al final.

Reflexionemos hoy sobre nuestra sed. No desperdiciemos nuestras vidas en promesas vacías. No nos dejemos atrapar por apegos terrenales. Busquemos a Dios. Busquemos Su rostro. Busquemos Su voluntad y Su gloria y nunca querremos volver atrás en la dirección que nos lleva este anhelo.

Oración

Jesús, mi Dios vivo, que un día pueda contemplar todo Tu esplendor y gloria. Que pueda ver Tu rostro y hacer de esa meta el centro de mi vida. Que todo lo que soy quede atrapado en este deseo ardiente, y que disfrute de la alegría de este viaje. Jesús, en Ti confío.

Martes de la Tercera Semana de Cuaresma: Perdonar y ser perdonado

El sirviente cayó al suelo, le rindió homenaje y le dijo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré en su totalidad”. Movido a compasión, el amo de aquel siervo lo dejó ir y le perdonó el préstamo. Mateo 18, 26–27

Esta es una historia sobre dar y recibir perdón. Curiosamente, a menudo es más fácil perdonar que pedir perdón. Pedir perdón sinceramente requiere que reconozcas honestamente tu pecado, lo cual es difícil de hacer. Es difícil asumir la responsabilidad de lo que hemos hecho mal.

En esta parábola, el hombre que pide paciencia con su deuda parece ser sincero. Él “se postró” ante su amo pidiendo misericordia y paciencia. Y el amo respondió con misericordia perdonándole toda la deuda que era más de lo que el sirviente había pedido.

Pero, ¿el sirviente era realmente sincero o solo era un buen actor? Parece que era un buen actor porque en cuanto le perdonaron esta enorme deuda, se topó con otra persona que le debía dinero a él y en lugar de mostrar el mismo perdón que le mostraron, “lo agarró y comenzó a estrangularlo, exigiendo: "Págame lo que debes'”.

El perdón, si es real, debe afectar todo lo que nos rodea. Es algo que debemos pedir, dar, recibir y volver a dar. Estos son algunos puntos a considerar:

  • ¿Puedes ver honestamente tu pecado, experimentar dolor por ese pecado y decir, “Lo siento” a otra persona?
  • Cuando eres perdonado, ¿qué te hace sentir eso? ¿Tiene el efecto de hacerte más misericordioso con los demás?
  • ¿Puedes a la vez ofrecer el mismo nivel de perdón y misericordia que esperas recibir de Dios y de los demás?

Si no podemos responder que sí a todas estas preguntas, entonces esta historia ha sido escrita para nosotros para ayudarnos a crecer más en los dones de la misericordia y el perdón. Estas son preguntas difíciles de enfrentar, pero son preguntas esenciales que debemos enfrentar si queremos liberarnos de las cargas de la ira y el resentimiento. La ira y el resentimiento pesan mucho sobre nosotros y Dios nos quiere libres de ellos.

Reflexionemos hoy sobre estas preguntas y, en oración, examinemos nuestras acciones. Si encontramos alguna resistencia a estas preguntas, concentrémonos en lo que nos llama la atención, llevémoslo a la oración y dejemos que la gracia de Dios entre para lograr una conversión más profunda en esa área de nuestra vida.

Oración

Señor misericordioso, reconozco mi pecado. Pero lo reconozco a la luz de Tu abundante gracia y misericordia. Al recibir esa misericordia en mi vida, por favor, hazme igualmente misericordioso con los demás. Ayúdame a ofrecer el perdón libre y plenamente sin retener nada. Jesús, en Ti confío.

Miércoles de la Tercera Semana de Cuaresma: El tiempo de Dios

Jesús dijo a sus discípulos: “No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas. No he venido a abrogar, sino a cumplir”. Mateo 5, 17

A veces Dios parece moverse lentamente... muy lentamente. Quizás a todos nos ha resultado difícil ser pacientes con el tiempo de Dios en nuestras vidas. Es fácil pensar que sabemos más y si oramos más fuerte, empujaremos la mano de Dios y Él finalmente actuará, haciendo lo que le hemos rogado. Pero esta no es la forma en que Dios obra.

La Escritura anterior debería darnos una idea de los caminos de Dios. Son lentos, constantes y perfectos. Jesús se refiere a la “ley y los profetas” afirmando que Él no vino a abolirlos sino a cumplirlos. Esto es cierto. Pero vale la pena mirar cuidadosamente cómo sucedió esto.

Surgió durante muchos miles de años. Tomó tiempo para que se desarrollara el plan perfecto de Dios. Pero se desarrolló en Su tiempo y a Su manera. Tal vez todos los del Antiguo Testamento estaban ansiosos de que viniera el Mesías y cumpliera todas las cosas. Pero profeta tras profeta iban y venían y continuaban apuntando a la futura venida del Mesías. Incluso la ley del Antiguo Testamento fue una forma de preparar al pueblo de Dios para la venida del Mesías. Pero formar la ley fue un proceso lento, también lo fue implementarla para el pueblo de Israel, capacitándolos para entenderla y luego comenzar a vivirla.

Incluso cuando el Mesías finalmente vino, hubo muchos que, en su entusiasmo y celo, querían que Él cumpliera todas las cosas en el mismo instante. ¡Querían que se estableciera su reino terrenal y querían que el recién llegado Mesías tomara Su Reino!

Pero el plan de Dios era muy diferente a la sabiduría humana. Sus caminos estaban muy por encima de nuestros caminos. ¡Y sus caminos siguen estando muy por encima de nuestros caminos! Jesús cumplió cada parte de la ley y los profetas del Antiguo Testamento, pero no de la manera que muchos esperaban.

¿Qué nos enseña esto? Nos enseña a tener mucha paciencia. Y nos enseña sobre la entrega, confianza y esperanza. Si queremos orar mucho y orar bien, necesitamos orar correctamente. ¡Y la forma correcta de orar es hacerlo continuamente para que se haga Su voluntad! Esto es difícil al principio, pero se vuelve fácil cuando entendemos y creemos que Dios siempre tiene el plan perfecto para nuestras vidas y para cada lucha y situación en la que nos encontremos.

Reflexionemos hoy sobre nuestra paciencia y confianza en los caminos del Señor. Él tiene un plan perfecto para nuestras vidas, y ese plan probablemente sea diferente al nuestro. Entreguémonos a Él y dejemos que Su santa voluntad nos guíe en todas las cosas.

Oración

Mi perfecto Señor, te encomiendo mi vida. Confío en que Tú tienes el plan perfecto para mí y para todos Tus amados hijos. Dame paciencia para esperarte y dejarte cumplir tu voluntad divina en mi vida. ¡Jesús, en ti confío!

Jueves de la Tercera Semana de Cuaresma: Hablando la Palabra de Dios, libremente

Jesús estaba expulsando a un demonio que era mudo, y cuando el demonio salió, el mudo habló y la multitud se asombró. Lucas 11, 14

¿Qué te impide hablar la Palabra de Dios abierta, honesta y claramente? Hay muchas personas que están en extrema necesidad del Evangelio. Hay muchas personas que están confundidas en la vida y se encuentran yendo por el camino equivocado, un camino que conduce a una mayor confusión y destrucción. Y permanecen en silencio mientras recorren este camino. ¿Por qué?

Este Evangelio nos habla de un hombre que quedó mudo a causa de un demonio. Cuando Jesús expulsó a este demonio, el mudo habló y muchos quedaron asombrados. Lo más probable es que este hombre estuviera completamente poseído por este demonio y la opresión que experimentó le impidió hablar. Tras su liberación de esta influencia demoníaca, habló libremente.

Aunque es posible que no experimentemos la influencia demoníaca en la misma medida, a menudo somos obstaculizados y oprimidos por espíritus mudos similares. El maligno a menudo trata de influienciarnos de tal manera que tenemos miedo de anunciar el Evangelio libre, sincera e inmediatamente a aquellos que más necesitan el mensaje que Dios quiere comunicarles. Los “espíritus mudos” muchas veces pueden estorbarnos, confundirnos o llenarnos de cierto miedo cuando surge la oportunidad de compartir nuestra fe con otro. Aunque puede ser raro caer completamente en su poder, a menudo nos vemos influenciados y obstaculizados por ellos.

Reflexionemos hoy sobre la realidad de estos espíritus viles y sus intentos de silenciarnos, impidiéndonos hablar el mensaje de verdad que tanta gente necesita escuchar. No debemos temer su influencia. Jesús tiene poder completo sobre todos esos espíritus y no dudará en eliminar su influencia sobre nosotros si se lo permitimos. Él quiere liberarnos para hablar Su mensaje de amor sin reservas para que otros lleguen a conocerlo a Él y Su amor perfecto. Dejemos que Él nos use como uno de sus instrumentos de verdad y amor.

Oración

Palabra eterna de Dios, a veces me entrego al miedo cuando me llamas para hablar tus palabras de amor a los necesitados. Me siento como si estuviera silenciado en mi discurso, confundido sobre qué decir. Por favor, libérame, amado Señor, para ser un instrumento santo de Tu Palabra y para proclamar con confianza Tu verdad a aquellos que más la necesitan. Jesús, en Ti confío.

Viernes de la Tercera Semana de Cuaresma: ¡No esperes para lograr el acto más grande!

Uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?" Jesús respondió: “El primero es este: ¡Escucha, oh Israel! ¡El Señor nuestro Dios es el único Señor! Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Marcos 12, 28–30

No debería sorprenderte que el mayor acto que puedes hacer en la vida es amar a Dios con todo tu ser. Es decir, amarlo con todo tu corazón, alma, mente y fuerzas. Amar a Dios sobre todas las cosas, con todo el poder de tus capacidades humanas, es la meta constante por la que debes luchar en la vida. Pero, ¿qué significa eso exactamente?

Primero, este mandamiento del amor identifica varios aspectos de quienes somos para enfatizar que cada aspecto de nuestro ser debe entregarse al amor total de Dios. Hablando filosóficamente, podemos identificar estos diversos aspectos de todo nuestro ser de la siguiente manera: intelecto, voluntad, pasiones, sentimientos, emociones y deseos. ¿Cómo amamos a Dios con todo esto?

Empezamos con nuestra mente. El primer paso para amar a Dios es llegar a conocerlo. Esto significa que debemos buscar entender, comprender y creer en Dios y todo lo que se nos ha revelado acerca de Él. Significa que hemos buscado penetrar el misterio mismo de la vida de Dios, especialmente a través de las Escrituras y a través de las innumerables revelaciones dadas a lo largo de la historia de la Iglesia.

En segundo lugar, cuando llegamos a una comprensión más profunda de Dios y de todo lo que Él ha revelado, tomamos la decisión libre de creer en Él y seguir Sus caminos. Esta libre elección debe perseguir por nuestro conocimiento sobre Él y convertirse en un acto de fe en Él.

Tercero, cuando hayamos comenzado a penetrar en el misterio de la vida de Dios y elegido creer en Él y en todo lo que Él ha revelado, veremos cambiar nuestra vida. Un aspecto específico de nuestra vida que cambiará es que desearemos a Dios y su voluntad en nuestra vida, querremos buscarlo más, encontraremos gozo en seguirlo y descubriremos que todas las potencias de nuestra alma humana se consumen lentamente en amor por Él y sus caminos.

Reflexionemos hoy especialmente sobre el primer aspecto de amar a Dios. Reflexionemos sobre cuán diligentemente buscamos conocerlo y comprenderlo a Él y a todo lo que Él ha revelado. Este conocimiento debe convertirse en la base de amarlo con todo nuestro ser. Comencemos con eso y permitamos que todo lo demás venga por añadidura.

Oración

Mi Señor revelador, me doy cuenta de que para amarte sobre todas las cosas debo llegar a conocerte. Ayúdame a ser diligente en mi compromiso de conocerte y buscar descubrir todas las gloriosas verdades de tu vida. Te agradezco por todo lo que me has revelado y me dedico, en este día, a un descubrimiento más profundo de Tu vida y revelación. Jesús, en Ti confío.

Sábado de la Tercera Semana de Cuaresma: Dejar ir el orgullo

“Dos personas subieron al área del templo a orar; uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo tomó su posición y se dijo a sí mismo esta oración: 'Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de la humanidad, codicioso, deshonesto, adúltero, ni como este recaudador de impuestos'”. Lucas 18, 10– 11

El orgullo y la justicia propia son bastante feos. Este Evangelio contrasta al fariseo y su fariseísmo con la humildad del recaudador de impuestos. El fariseo se ve justo por fuera e incluso es lo suficientemente orgulloso como para hablar de lo bueno que es en su oración a Dios cuando dice que está agradecido de no ser como el resto de la humanidad. Ese pobre fariseo. Poco sabe él que está bastante ciego a la verdad.

El recaudador de impuestos, en cambio, es veraz, humilde y sincero. Gritó: “Oh Dios, ten misericordia de mí, pecador”. Jesús aclara que el recaudador de impuestos, con esta humilde oración, se fue a su casa justificado pero el fariseo no.

Cuando somos testigos de la sinceridad y humildad de otro, nos conmueve. Es una algo que inspira. Es difícil criticar a alguien que expresa su pecaminosidad y pide perdón. La humildad de este tipo puede conquistar incluso a los corazones más endurecidos.

¿Y qué puedes decir de ti? ¿Esta parábola está dirigida a ti? ¿Llevas la pesada carga de la justicia propia? Todos nosotros lo hacemos al menos hasta cierto punto. Es difícil llegar sinceramente al nivel de humildad que tenía este recaudador de impuestos. Y es muy fácil caer en la trampa de justificar nuestro propio pecado y, como resultado, volvernos a la defensiva y ensimismados. Pero todo esto es orgullo. El orgullo desaparece cuando hacemos dos cosas bien.

Primero, tenemos que entender la misericordia de Dios. Comprender la misericordia de Dios nos libera para apartar la vista de nosotros mismos y dejar de lado la justicia propia y la autojustificación. Nos libera de estar a la defensiva y nos permite vernos a nosotros mismos a la luz de la verdad. ¿Por qué? Porque cuando reconocemos la misericordia de Dios por lo que es, también nos damos cuenta de que incluso nuestros pecados no pueden alejarnos de Dios. De hecho, cuanto mayor es el pecador, ¡más merece ese pecador la misericordia de Dios! Entonces, comprender la misericordia de Dios en realidad nos permite reconocer nuestro pecado.

Reconocer nuestro pecado es el segundo paso importante que debemos dar si queremos que nuestro orgullo desaparezca. Tenemos que saber que está bien admitir nuestro pecado. No, no tenemos que pararnos en la esquina de la calle y decirle a todos los detalles de nuestro pecado. Pero tenemos que reconocerlo ante nosotros mismos y ante Dios, especialmente en el confesionario. Y, a veces, será necesario reconocer nuestros pecados a los demás para poder pedirles perdón y misericordia. Esta profundidad de humildad es atractiva y gana fácilmente los corazones de los demás. Inspira y produce buenos frutos de paz y alegría en nuestros corazones.

Así que no tengamos miedo de seguir el ejemplo de este recaudador de impuestos. Tratemos de tomar nuestra oración de hoy y decirla una y otra vez. ¡Que se convierta en nuestra oración y veremos los buenos frutos de esta ella en nuestra vida!

Oración

Oh Dios, ten piedad de mí, pecador. Oh Dios, ten piedad de mí, pecador. Oh Dios, ten piedad de mí, pecador. Jesús, en Ti confío.

Cuarta Semana de Cuaresma

Cuarto Domingo de Cuaresma: Gracia de lo ordinario

Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento… escupió en tierra e hizo barro con la saliva, y untó el barro en sus ojos, y le dijo: “Ve a lavarte en el estanque de Siloé” —que significa Enviado —. Fue, pues, y se lavó, y volvió pudiendo ver. Juan 9, 1.6–7

¿Quién era este hombre? Curiosamente, no tiene nombre. Solo se le conoce como el "hombre ciego de nacimiento". Esto es significativo en el Evangelio de Juan porque la falta de un nombre también se ve, por ejemplo, en la historia de “la mujer junto al pozo”. El hecho de que no haya nombre indica que debemos vernos en esta historia.

La “ceguera” es nuestra incapacidad para ver la mano de Dios trabajando a nuestro alrededor. Luchamos por ver los milagros diarios de la gracia de Dios vivos en nuestras vidas y vivos en las vidas de los demás. Entonces, lo primero que debemos hacer con esta Escritura es esforzarnos por ver nuestra falta de vista. Debemos esforzarnos por darnos cuenta de que muy a menudo no vemos a Dios obrando. Entender esto nos inspirará a desear una curación espiritual. Nos invitará a querer ver a Dios obrando.

La buena noticia es obviamente que Jesús curó a este hombre, como Él nos cura voluntariamente. Restaurar la vista es fácil para Jesús. Entonces, la primera oración que debemos hacer como resultado de esta historia es simplemente: "¡Señor, quiero ver!" Reconocer humildemente nuestra ceguera invitará a la gracia de Dios a obrar. Y si no reconocemos humildemente nuestra ceguera, no estaremos en condiciones de buscar la curación.

Cómo sana a este hombre también es significativo. Él usa Su propia saliva para hacer lodo y untarlo en los ojos de este hombre, lo cual no es tan atractivo de inmediato. Pero sí revela algo bastante significativo para nosotros. ¡Es decir, revela el hecho de que Jesús puede usar algo excepcionalmente ordinario como fuente de Su gracia divina!

Si miramos esto de una manera simbólica podemos llegar a algunas conclusiones profundas. Con demasiada frecuencia buscamos la acción de Dios en lo extraordinario. Pero Él muy a menudo está presente para nosotros en lo que es ordinario. Quizá estemos tentados a pensar que Dios sólo obra su gracia a través de actos heroicos de amor o de sacrificio. Tal vez estemos tentados a pensar que Dios no puede usar nuestras actividades ordinarias diarias para realizar sus milagros. Pero esto no es cierto. Son precisamente esas acciones ordinarias de la vida donde Dios está presente. Está presente mientras lavamos los platos, mientras hacemos las tareas del hogar, mientras llevamos a un niño a la escuela, mientras estamos conversando con otros y cuando ofrecemos una mano amiga. De hecho, cuanto más ordinaria sea la actividad, más debemos esforzarnos por ver a Dios obrando. Y cuando lo veamos obrando en las actividades ordinarias de la vida, seremos curados de nuestra ceguera espiritual.

Reflexionemos hoy sobre este acto de Jesús y dejemos que nuestro Señor unte Su saliva y barro en nuestros ojos. Permitámosle que nos dé el don de la vista espiritual. Y a medida que comencemos a ver Su presencia en nuestra vida, nos sorprenderá la belleza que contemplamos.

Oración

Mi milagroso Señor, quiero ver. Ayúdame a ser sanado de mi ceguera. Ayúdame a verte trabajando en cada actividad ordinaria de mi vida. Ayúdame a ver Tu divina gracia en los más pequeños acontecimientos de mi día. Y mientras te veo vivo y activo, llena mi corazón de gratitud por esta visión. Jesús, en Ti confío.

Lunes de la Cuarta Semana de Cuaresma: Un milagro interesante

Jesús le dijo: “A menos que ustedes vean señales y prodigios, no creerán”. El funcionario real le dijo: “Señor, desciende antes de que muera mi hijo”. Jesús le dijo: “Puedes irte; tu hijo vivirá.” Juan 4, 48–50

De hecho, el niño vive y el funcionario real se llena de alegría cuando regresa a casa y descubre que su hijo fue sanado. Esta curación tuvo lugar al mismo tiempo que Jesús dijo que sería sanado.

Una cosa interesante de notar acerca de este pasaje es el contraste de las palabras de Jesús. Al principio, casi suena como si Jesús estuviera enojado cuando dice: “A menos que ustedes vean señales y prodigios, no creerán”. Pero luego sana inmediatamente al niño diciéndole al hombre: “Tu hijo vivirá”. ¿Por qué este aparente contraste en las palabras y acciones de Jesús?

Debemos notar que las palabras iniciales de Jesús no son tanto una crítica; más bien, son simplemente palabras de verdad. Él es consciente del hecho de que muchas personas carecen de fe, o al menos son débiles en ésta. También es consciente de que las "señales y prodigios" son beneficiosas para ayudar a las personas a creer. Aunque esta necesidad de ver “señales y prodigios” está lejos de ser ideal, Jesús trabaja con ella. Utiliza este deseo de un milagro como una forma de ofrecer la fe.

Lo importante es entender que el objetivo final de Jesús no era la sanidad física, aunque este fue un acto de gran amor; más bien, su objetivo final era aumentar la fe de este padre ofreciéndole el don de la curación de su hijo. Esto es importante de entender porque todo lo que experimentemos del Señor en nuestra vida tendrá como meta una profundización de nuestra fe. A veces eso toma la forma de “señales y prodigios”, mientras que otras veces puede ser Su presencia sustentadora en medio de una prueba sin ninguna señal o prodigio visible. La meta por la que debemos esforzarnos es la fe, permitiendo que cualquier cosa que nuestro Señor haga en nuestras vidas se convierta en la fuente del aumento de nuestra fe.

Reflexionemos hoy, sobre nuestro propio nivel de fe y confianza. Y trabajemos para discernir las acciones de Dios en nuestra vida, para que esas acciones produzcan mayor fe. Aferrémonos a Él, creamos que Él nos ama, sepamos que Él tiene la respuesta que necesitamos y busquémoslo en todas las cosas. Él nunca nos decepcionará.

Oración

Mi amado Señor, por favor aumenta mi fe. Ayúdame a verte actuar en mi vida y descubrir Tu amor perfecto en todas las cosas. Mientras te veo obrar en mi vida, ayúdame a conocer, con mayor certeza, Tu amor perfecto. Jesús, en Ti confío.

Martes de la Cuarta Semana de Cuaresma: Paralizado por el pecado

Jesús le dijo: “Levántate, toma tu camilla y anda”. Inmediatamente el hombre se puso bien, tomó su camilla y caminó. Juan 5, 8–9

Veamos uno de los claros significados simbólicos de este pasaje anterior. El hombre que Jesús sanó estaba paralizado, no podía caminar ni cuidarse a sí mismo. Otros lo descuidaron mientras se sentaba junto a la piscina, esperando amabilidad y atención. Jesús lo ve y le presta toda su atención. Después de un breve diálogo, Jesús lo cura y le dice que se levante y camine.

Un claro mensaje simbólico es que su parálisis física es una imagen del resultado del pecado en nuestras vidas. Cuando pecamos nos “paralizamos” a nosotros mismos. El pecado tiene graves consecuencias en nuestra vida y la consecuencia más clara es que nos quedamos sin poder levantarnos para andar en los caminos de Dios. El pecado grave, especialmente, nos hace impotentes para amar y vivir en verdadera libertad. Nos deja atrapados e incapaces de cuidar de nuestra propia vida espiritual o la de los demás. Es importante ver las consecuencias del pecado. Incluso los pecados menores obstaculizan nuestras habilidades, roban nuestra fuerza y nos dejan lisiados espiritualmente en un grado u otro.

Esto no debería ser nuevo para nosotros. Lo que sí debe ser nuevo es la admisión honesta de la culpa actual. Debemos vernos a nosotros mismos en esta historia. Jesús no sanó a este hombre solo por el bien de este hombre. Lo sanó, en parte, para decirnos que nos ve en nuestro estado quebrantado mientras experimentamos las consecuencias de nuestro pecado. Él nos ve en necesidad, nos mira y nos llama a levantarnos y caminar. No subestimemos la importancia de permitirle a Él realizar una sanación en nuestra vida. No olvidemos identificar hasta el más mínimo pecado que nos impone sus consecuencias. Miremos nuestro pecado, permitamos que Jesús lo vea y escuchémoslo hablar palabras de sanidad y libertad.

Reflexionemos hoy sobre este poderoso encuentro que este hombre lisiado tuvo con Jesús. Pongámonos en escena y sepamos que esta sanación también se hace por nosotros. Si aún no lo hemos hecho en esta Cuaresma, vayamos a la Confesión y descubramos la curación de Jesús en ese Sacramento. La confesión es la respuesta a la libertad que nos espera, especialmente cuando se entra en ella de forma sincera y completa.

Oración

Señor misericordiosísimo, perdóname por mis pecados. Deseo verlos y reconocer las consecuencias que me imponen. Sé que Tú deseas liberarme de estas cargas y sanarlas. Señor, dame valor para confesarte mis pecados, especialmente en el Sacramento de la Reconciliación. Jesús, en Ti confío.

Miércoles de la Cuarta Semana de Cuaresma: Unidad con Dios

Jesús respondió a los judíos: “Mi Padre está trabajando hasta ahora, así que yo estoy trabajando”. Por esta razón se esforzaron más en matarlo, porque no sólo quebrantó el sábado, sino que también llamó a Dios su propio padre, haciéndose igual a Dios. Juan 5, 17–18

En la opinión de aquellos que buscaban darle muerte, Jesús era claramente culpable de pecados graves. No siguió las leyes del sábado de la manera que ellos pensaban que debía hacerlo y reveló que era igual al Padre. Esto sería un pecado grave de parte de Jesús si estuviera equivocado, pero obviamente no lo estaba.

En el corazón de este pasaje está la unidad del Padre y del Hijo. Los versículos que siguen a este pasaje revelan aún más claramente que el Padre y el Hijo son uno y que toda la vida de Jesús está comprometida en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Es precisamente esta unión de voluntad lo que produce su unidad.

Esto nos revela mucho sobre la relación del Padre y el Hijo, y también nos revela mucho sobre nuestra propia relación con el Padre y el Hijo. En primer lugar, el Padre y el Hijo son Personas distintas, cada una de las cuales posee un intelecto y una voluntad perfectos. Sin embargo, su unidad se produjo por el hecho de que sus mentes estaban en perfecta armonía, conociendo todas las cosas por igual y creyendo perfectamente lo que sabían. Como resultado de su perfecto conocimiento compartido, ambos abrazaron cada detalle del plan del Padre tal como fue trazado desde la fundación del mundo.

En cuanto a nosotros, podemos tomar de esta comprensión de la unidad del Padre y del Hijo, la lección gloriosa de cómo entramos en la unidad con Dios. Esto sucede primero al buscar la mente de Dios. Debemos sondear los misterios gloriosos contenidos en él y debemos hacerlos parte de nuestro propio conocimiento. Segundo, debemos creer lo que llegamos a saber a través de un acto de nuestra voluntad. A medida que descubrimos la verdad, debemos elegirla para nuestras vidas. El desafío es que hay numerosas voces en competencia que compiten por nuestra atención. A medida que los clasificamos, eligiendo solo lo que Dios revela, naturalmente nos sentimos atraídos por la mente y la voluntad de Dios y las hacemos nuestras. En este acto, también nos hacemos uno con Dios.

Reflexionemos hoy sobre la unidad que estamos llamados a vivir con el Padre y el Hijo. Es esta unidad la que trae plenitud a nuestra vida. Es para lo que fuimos hechos. Buscar, creer y abrazar cualquier otra cosa es simplemente vivir una mentira. Busquemos la mente y la voluntad de Dios en todas las cosas y todo nuestro ser será atraído hacia una mayor unidad con Dios.

Oración

Padre Celestial, te agradezco por el regalo de Jesús Tu Hijo y te agradezco por la unidad que ambos comparten. Llévame a esa gloriosa unidad establecida por Sus mentes y voluntades. Hazme uno contigo para que también seas mi Padre. Padre del Cielo, Jesús Hijo, en Ti confío.

Jueves de la Cuarta Semana de Cuaresma: El testimonio de las obras de Dios

“Las obras que el Padre me dio para llevar a cabo, estas obras que realizo dan testimonio a mi favor de que el Padre me ha enviado”. Juan 5, 36

Las obras realizadas por Jesús ofrecen testimonio de la misión que le encomendó el Padre del Cielo. Comprender esto nos ayudará a abrazar nuestra propia misión en la vida.

En primer lugar, veamos el hecho de que las obras de Jesús ofrecieron testimonio. En otras palabras, Sus obras transmitieron a los demás un mensaje sobre quién era Él. El testimonio de sus acciones reveló su esencia misma y su unión con la voluntad del Padre.

Así que esto plantea la siguiente pregunta: "¿Qué obras ofrecieron este testimonio?" Uno podría concluir inmediatamente que las obras de las que Jesús estaba hablando eran sus milagros. Cuando las personas fueran testigos de los milagros que realizó, se convencerían de que fue enviado por el Padre que está en los Cielos. Pero no era precisamente así. El hecho es que hubo muchos que vieron a Jesús realizar milagros y permanecieron tercos, negándose a aceptar sus milagros como prueba de su divinidad.

Aunque sus milagros fueron extraordinarios y fueron señales para aquellos que estaban dispuestos a creer, la “obra” más profunda que realizó fue la de su amor humilde y genuino. Jesús fue genuino, honesto y puro de corazón. Exudaba todas las virtudes que uno podía tener. Por lo tanto, el testimonio que sus acciones ordinarias de amor, cuidado, preocupación y enseñanza dieron fue lo que habría conquistado muchos corazones en primer lugar. De hecho, para aquellos que estaban abiertos, Sus milagros fueron, en cierto sentido, solo la guinda del pastel. El “pastel” era su presencia genuina que revelaba la misericordia del Padre.

No podemos hacer milagros de Dios (a menos que tengamos un carisma extraordinario para hacerlo), pero podemos actuar como testigos de la Verdad y compartir el Corazón del Padre celestial si humildemente buscamos ser puros de corazón y permitimos que el Corazón del Padre brille en nosotros en nuestras acciones diarias. Incluso la acción más pequeña de amor genuino dice mucho a los demás.

Reflexionemos hoy, sobre nuestro llamado a dar testimonio del Padre Celestial. Estamos llamados a compartir el amor del Padre con todos los que conocemos. Si abrazamos esta misión, en pequeña y grande manera, el Evangelio se manifestará a otros a través de nosotros, y la voluntad del Padre se cumplirá más plenamente en nuestro mundo.

Oración

Mi genuino y santo Señor, te pido que yo actúe como testigo del amor que brota de Tu Corazón. Dame la gracia de ser real, genuino y sincero. Ayúdame a convertirme en un instrumento puro de Tu Corazón misericordioso para que todas mis obras den testimonio de Tu misericordia. Jesús, en Ti confío.

Viernes de la Cuarta Semana de Cuaresma: La tentación de la familiaridad

Jesús gritó en el área del templo mientras enseñaba y dijo: “Ustedes me conocen y también saben de dónde soy. No he venido por mi propia cuenta, sino del que me envió, a quien ustedes no conocen, que es verdadero”. Juan 7, 28

A veces, cuanto más familiarizados estamos con alguien, más difícil es realmente ver su bondad y la presencia de Dios en sus vidas. A menudo, tenemos la tentación de mirarlos y suponer que "sabemos todo sobre ellos". Como resultado, lo que a menudo hacemos es resaltar sus fallas y debilidades en nuestras mentes y verlos solo a través de la lente de éstas.

Esto es lo que pasó con Jesús. Cuando Jesús subió a la Fiesta Judía de los Tabernáculos, había algunos allí que lo conocían. Probablemente lo conocían como este hijo ordinario de un carpintero. Tal vez incluso eran de Su ciudad natal. Como resultado de esta familiaridad con Jesús, inmediatamente dudaron de que pudiera ser el Mesías. Pero estaban, por supuesto, muy equivocados.

Esto presenta una gran lección para nosotros. Es la lección de juzgar y criticar demasiado a los que conocemos bien. Cuanto más sepamos de alguien, más seremos conscientes de sus defectos y debilidades. Y si no tenemos cuidado, nos enfocaremos en ellos en lugar de las buenas cualidades que Dios quiere que veamos.

Esto es lo que sucedió con Jesús. Él no tenía cualidades negativas, Él era perfecto. Pero lo más probable es que hubo muchas partes de Su vida que invitaron al juicio falso y la crítica de los demás. Su confianza en sí mismo, la autoridad que manifestaba en su enseñanza, la extraordinaria compasión que tenía hacia los pecadores, etc., eran cualidades excepcionales que algunos no podían comprender. Y, como resultado, optaron por ser críticos. “Sabemos de dónde es”, dijeron. En otras palabras, no pensaron que alguien que conocían pudiera estar lleno de grandeza.

¿Qué piensas de los que te rodean? ¿Qué piensas de los más cercanos a ti? ¿Eres capaz de ver más allá de cualquier debilidad aparente que tengan y ver la mano de Dios obrando? ¿Eres capaz de ver más allá de la superficie y ver el valor y la dignidad de sus vidas? Cuando podamos ver la bondad de los demás, señalarla y estar agradecidos por ella, en realidad estaremos viendo y amando la bondad manifiesta de Dios. Dios está vivo y activo en cada alma que nos rodea. Es nuestra responsabilidad ver esa bondad y amarla. Esto requiere verdadera humildad de nuestra parte pero, al final, es una forma de amar a Dios en medio de nosotros.

Reflexionemos hoy sobre cómo miramos a los que están más cerca de nosotros y pasemos algún tiempo tratando de reflexionar sobre las formas en que Dios está vivo en esas vidas. Si hacemos esto, estaremos amando a Dios en medio de nosotros.

Oración

Mi Señor siempre presente, te amo. Ayúdame a verte y amarte en los demás. Y ayúdame a deshacerme de cualquier tentación que tenga de juzgar y a ser humildemente atraído por la bondad de todos Tus hijos e hijas. Te amo, querido Señor, que también te ame en los demás. Jesús, en Ti confío.

Sábado de la Cuarta Semana de Cuaresma: En asombro de Jesús

Los guardias respondieron: “Nunca nadie ha hablado antes como este hombre”. Juan 7, 46

Los guardias y muchos otros estaban asombrados de Jesús, asombrados por las palabras que habló. Estos guardias fueron enviados a arrestar a Jesús por orden de los principales sacerdotes y fariseos, pero no se atrevieron a hacerlo. Quedaron impotentes ante el “factor de asombro” que producía Jesús.

Cuando Jesús enseñaba, había algo comunicado más allá de sus palabras. Sí, Sus palabras fueron poderosas y transformadoras, pero también era la forma en que las decía. Fue difícil de explicar, pero está claro que, cuando habló, también comunicó un poder, una calma, una convicción y una presencia. El comunicó Su Divina Presencia y fue inconfundible. La gente simplemente sabía que Jesús era diferente de todos los demás y se aferraban a cada una de Sus palabras.

Dios todavía se comunica con nosotros de esta manera. Jesús todavía nos habla con este “factor de asombro”. Simplemente tenemos que estar atentos a ello. Debemos esforzarnos por estar atentos a las formas en que Dios habla de manera clara y convincente, con autoridad, claridad y convicción. Puede ser algo que alguien dice, o puede ser una acción de otro que nos toca. Puede ser un libro que leemos o un sermón que escuchamos. Cualquiera que sea el caso, debemos buscar este factor de asombro porque es allí donde encontraremos a Jesús mismo.

Curiosamente, este factor de asombro también invitó a críticas extremas. Los que tenían una fe sencilla y honesta respondieron bien, pero los que eran egocéntricos y farisaicos respondieron con condenación e ira. Estaban claramente celosos. Incluso criticaron a los guardias y otros que estaban impresionados por Jesús.

Reflexionemos hoy sobre las formas en que Dios nos ha dejado asombrados por Su mensaje y Su amor. Busquemos Su voz de convicción y claridad. Sintonicemos con la forma en que Dios está tratando de comunicarse y no prestemos atención al ridículo ni a la crítica que podemos experimentar cuando buscamos seguir Su Voz. Su Voz debe ganar y atraernos para que podamos saborear todo lo que Él quiere decir.

Oración

Mi imponente Señor, que yo pueda estar atento a Tu Voz inconfundible y a la autoridad con la que hablas. Que me sorprenda todo lo que quieras decir. Y mientras te escuche, amado Señor, dame el coraje para responder con fe sin importar la reacción de los demás. Te amo, amado Señor, y deseo quedar paralizado con cada una de Tus Palabras, escuchando con asombro. Jesús, en Ti confío.

Quinta Semana de Cuaresma

Quinto Domingo de Cuaresma: Vayamos y muramos con Él

Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a sus condiscípulos: “Vayamos también nosotros a morir con él”. Juan 11, 16

¡Qué gran frase! Es importante entender el contexto. Tomás dijo esto después de que Jesús les dijo a sus apóstoles que iba a subir a Jerusalén porque Lázaro, su amigo, estaba enfermo y al borde de la muerte. De hecho, a medida que se desarrolla la historia, Lázaro murió antes de que Jesús llegara a su casa. Por supuesto, conocemos el final de la historia de que Jesús resucitó a Lázaro. Pero los Apóstoles trataron de impedir que Jesús fuera a Jerusalén porque sabían que había allí muchos que eran bastante hostiles hacia Él y querían matarlo. Pero Jesús decidió ir de todos modos. Fue en este contexto que Santo Tomás dijo a los demás: “Vayamos también nosotros y muramos con Él”.

Es una gran frase porque Tomás pareció decir esto con cierta determinación de aceptar lo que sea que les esperaba en Jerusalén. Parecía saber que Jesús iba a encontrar resistencia y persecución. Y él también parecía estar listo para enfrentar esa persecución y muerte junto a Jesús.

Por supuesto, Tomás es bien conocido por ser el escéptico. Después de la muerte y resurrección de Jesús, se negó a aceptar que los otros apóstoles realmente vieron a Jesús. Pero aunque es bien conocido por su acto de dudar, no debemos perder de vista el coraje y la determinación que tuvo en ese momento en que estuvo dispuesto a acompañar a Jesús para enfrentar su persecución y muerte. E incluso estaba dispuesto a enfrentarse a la muerte él mismo. Aunque al final huyó cuando arrestaron a Jesús, se cree que fue como misionero a la India, donde finalmente sufrió el martirio.

Este pasaje debería ayudarnos a reflexionar sobre nuestra propia voluntad de salir con Jesús para enfrentar cualquier persecución que nos pueda esperar. Ser cristiano requiere valentía. Seremos diferentes a los demás. No encajaremos en la cultura que nos rodea. Y cuando nos negamos a adaptarnos al día y la época en que vivimos, lo más probable es que suframos algún tipo de persecución como resultado. ¿Estamos realmente dispuestos a esto?

También debemos aprender de Santo Tomás que, incluso si fallamos, podemos comenzar de nuevo. Tomás estaba dispuesto, pero luego huyó al ver la persecución. Terminó dudando, pero al final vivió valientemente su convicción de ir a morir con Jesús. No es tanto cuantas veces fallamos; más bien, es cómo terminamos la carrera.

Reflexionemos hoy sobre la resolución en el corazón de Santo Tomás y usémosla como una meditación sobre nuestra propia resolución, sin preocuparnos de fallar, porque siempre podemos levantarnos e intentarlo de nuevo. Reflexionemos también sobre la resolución final que hizo Santo Tomás cuando murió mártir. Tomemos la decisión de seguir su ejemplo y también seremos contados entre los santos en el Cielo.

Oración

Mi resoluto Señor, deseo seguirte dondequiera que me lleves. Dame una firme resolución de caminar en Tus caminos e imitar el coraje de Santo Tomás. Cuando falle, ayúdame a levantarme y resolver de nuevo. Te amo, amado Señor, ayúdame a amarte con mi vida. Jesús, en Ti confío.

Lunes de la Quinta Semana de Cuaresma: La “Hora” de Jesús

Pero nadie lo arrestó, porque aún no había llegado su hora. Juan 8, 20

Esta breve línea llega al final del Evangelio de hoy después de que Jesús, una vez más, confrontó directamente a los fariseos. Los confronta, en esta situación, hablando la verdad de Su unión con el Padre y el poder y autoridad que Él tenía a causa de esta unión. Los fariseos intentan confrontarlo y desafiarlo, pero Él les responde la verdad en un lenguaje claro. No se sabe la respuesta de ellos a las palabras de Jesús, pero está claro que no saben qué decir y que siguen siendo escépticos y deseosos de atraparle.

Este pasaje nos revela la profunda verdad de que ni la malicia de los fariseos ni la de nadie más podría finalmente triunfar, ya que “todavía no había llegado la hora” de Jesús. ¿Qué quiere decir esto? Hay dos verdades que debemos tomar de esta frase.

Primero, la malicia no puede vencer la voluntad de Dios. Dado que Dios Padre no permitió el arresto de Jesús en ese momento, aquellos con malas intenciones no pudieron hacerlo. Jesús pudo hablar clara y abiertamente, desafiando a los fariseos con la verdad, y ellos no pudieron hacer nada para detenerlo. Aunque sus palabras les herían en el corazón, no podían hacer más que escuchar y crecer en ira y obstinación hacia nuestro Señor. Pero no pudieron hacerle daño. Esto nos deja ver que, en última instancia, Dios tiene el control incluso de la malicia de los demás y solo permitirá que la malicia parezca triunfar cuando vea un propósito mayor para permitir que tal cosa suceda.

En segundo lugar, revela que habrá una “hora” venidera cuando Jesús será entregado a hombres pecadores. Pero en el Evangelio de Juan, esta hora no es una hora de vergüenza y desgracia para Jesús; más bien, es una hora de triunfo total sobre el pecado y la muerte. Desde una perspectiva mundana sabemos que su hora de arresto, persecución y crucifixión adquiere la apariencia pública de horror y deshonra para Jesús. Parece como si Él perdió y los fariseos ganaron. Pero desde la perspectiva de Dios, que es la única perspectiva verdadera, Jesús triunfa gloriosamente. De hecho, el Padre finalmente permite que la malicia de los fariseos sea el instrumento de la glorificación de Jesús a través de los sufrimientos que soportó en esta hora. Desde la perspectiva divina, Su hora no se convierte en una de derrota; más bien, se convierte en una hora de victoria final.

Reflexionemos hoy sobre la hora venidera de Jesús. Pronto entraremos en las glorias de la Semana Santa y reflexionaremos, una vez más, que el Padre permitió que Jesús entrara en el sufrimiento y la muerte más crueles que se puedan imaginar. Seremos confrontados con el aparente escándalo de Su arresto y la victoria de los líderes maliciosos del día, la cual no fue una victoria real, ya que la voluntad permisiva del Padre tenía otras intenciones. Comencemos a prepararnos para esta celebración anual de la hora de Jesús y entremos en ella con la mayor confianza y fe.

Oración

Mi glorioso Señor, te glorifico por Tu sabiduría y poder y me regocijo en la perfecta voluntad del Padre Celestial. El Padre te envió en una misión de redención y salvación y te permitió finalmente sufrir y morir. Pero a través de este sufrimiento Él trajo la victoria final sobre la muerte y todo mal. Dame fe para conocer y creer esta verdad con todo mi corazón. Bendice esta próxima Semana Santa, querido Señor, y permíteme regocijarme en Tu gloriosa victoria. Jesús, en Ti confío.

Martes de la Quinta Semana de Cuaresma: La presencia permanente de Dios

“El que me envió está conmigo. No me ha dejado solo”. Juan 8, 29

La mayoría de los niños pequeños, si se les deja solos en casa, reaccionarían con miedo. Necesitan saber que sus padres están cerca. La idea de estar solos en algún lugar es aterradora. Sería igual de aterrador para el niño si se perdiera en una tienda u otro lugar público. Necesitan la seguridad que viene con la presencia de un padre cerca.

Lo mismo es cierto en la vida espiritual. Interiormente, si sentimos que estamos solos, podemos reaccionar con miedo. Sentir que hay un abandono interior de Dios es un pensamiento aterrador. Pero por el contrario, cuando sentimos que Dios está muy presente y vivo en nosotros, nos fortalecemos mucho para afrontar la vida con valentía y alegría.

Esta fue la experiencia de Jesús en el pasaje anterior en el que habla mucho de su relación con el Padre. El Padre es Aquel que envió a Jesús al mundo para Su misión y Jesús reconoce que el Padre no lo dejará solo. Jesús dice esto, lo sabe y experimenta la bendición de esa relación en su Corazón humano y divino.

Lo mismo se puede decir de cada uno de nosotros. Primero, debemos darnos cuenta de que el Padre nos ha enviado. Cada uno tiene una misión en la vida, una misión muy específica y un llamado de Dios. Esto puede implicar partes muy ordinarias de la vida, como las tareas del hogar, el trabajo diario, la edificación de las relaciones familiares, etc. Nuestra vida diaria está llena de actividades ordinarias que conforman la voluntad de Dios.

Es posible que ya estés completamente inmerso en la voluntad de Dios para tu vida. Pero también es posible que Dios quiera más de ti. Él tiene un plan para ti y es una misión que no le ha encomendado a otro. Puede requerir que des un paso de fe, seas valiente, salgas de tu zona de confort o enfrentes algún miedo. Pero cualquiera que sea el caso, Dios tiene una misión para ti.

La noticia reconfortante es que Dios no solo nos envía, también permanece con nosotros. No nos ha dejado solos para cumplir la misión que nos ha encomendado. Él ha prometido Su ayuda continua de una manera muy central.

Reflexionemos hoy sobre la misión que le fue dada a Jesús: la misión de dar Su vida de manera sacrificial. Reflexionemos también sobre cómo Dios quiere que vivamos esta misma misión con Cristo de amor sacrificial y entrega. Es posible que ya lo estemos viviendo de todo corazón o que necesitemos una nueva dirección. Digámosle “Sí” con valentía y confianza y Dios caminará con nosotros en cada paso del camino.

Oración

Mi Señor sacrificial, digo “Sí” al plan perfecto que tienes para mi vida. Sea lo que sea, lo acepto sin dudarlo, querido Señor. Sé que siempre estás conmigo y que nunca estoy solo. Jesús, en Ti confío.

Miércoles de la Quinta Semana de Cuaresma: Libertad del Pecado

Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado. Un esclavo no permanece en una casa para siempre, pero un hijo siempre permanece. Entonces, si el Hijo os libera, entonces seréis verdaderamente libres”. Juan 8, 34–36

Jesús quiere liberarnos, pero ¿queremos ser liberados? A nivel intelectual, esta es una pregunta fácil de responder. ¡Claro que queremos nuestra libertad! Pero en un nivel práctico, esta pregunta es más difícil de responder. En términos prácticos, muchas personas se sienten muy cómodas viviendo en pecado. El pecado ofrece una satisfacción engañosa de la que puede ser difícil alejarse. El pecado puede hacer que nos “sintamos” bien en el momento, aunque los efectos a largo plazo son que nos quita la libertad y el gozo. Pero muy a menudo esa “satisfacción” momentánea es suficiente para que muchas personas sigan regresando a él.

¿Y qué podemos decir de nosotros mismos ¿Queremos ser libres para vivir como hijo o hija del Dios Altísimo? Si respondemos "Sí", preparémonos para que esto sea doloroso, pero de una manera agradable. Vencer el pecado requiere purificación. El proceso de “dejar ir” el pecado requiere verdadero sacrificio y compromiso. Requiere que nos volvamos al Señor con absoluta confianza y abandono. Al hacerlo, experimentaremos lo que es morir a nosotros mismos, a nuestras pasiones y nuestra propia voluntad egoísta. Esto duele, al menos en el nivel de tu naturaleza humana caída. Pero es como una cirugía que tiene como objetivo extirpar el cáncer o alguna infección. La cirugía en sí puede doler, pero es la única forma de liberarse de la enfermedad que se tiene. El Hijo es el Cirujano Divino y la forma en que nos libera es a través de Su propio sufrimiento y muerte. La crucifixión y la muerte de Jesús trajeron vida al mundo. Su muerte destruyó la enfermedad del pecado, y nuestra aceptación voluntaria del remedio de Su muerte significa que debemos dejar que Él destruya la enfermedad del pecado dentro de nosotros a través de Su muerte. Debe ser "extirpado", por así decirlo, y eliminado por nuestro Señor.

La Cuaresma es un tiempo, más que ningún otro, en el que debemos enfocarnos honestamente en nuestro pecado con el fin de identificar aquellas cosas que nos mantienen atados, para que podamos invitar al Médico Divino a entrar en nuestras heridas y sanarnos. No dejemos pasar la Cuaresma sin hacer un profundo y honesto examen de conciencia y arrepentirnos de nuestros pecados de todo corazón. ¡El Señor quiere que seamos libres! Deséemoslo nosotros mismos y entremos en el proceso de purificación para que seamos liberados de nuestras pesadas cargas.

Reflexionemos hoy sobre nuestra actitud hacia nuestros propios pecados personales. Primero, ¿podemos admitir humildemente nuestro pecado? No los racionalicemos ni culpemos a otro. Enfrentémolos y aceptémolos como nuestros. Segundo, confesemos nuestros pecados. Reflexionemos sobre nuestra actitud hacia el Sacramento de la Reconciliación. Este es el Sacramento de la libertad. Es muy fácil. Simplemente debemos entrar, admitir todos nuestros pecados, expresar nuestra tristeza por ello y ser libre. Si encontramos esto difícil, entonces estamos confiando en nuestros propios sentimientos de miedo en lugar de la verdad. Tercero, regocijémonos en la libertad que nos ofrece el Hijo de Dios. Es un regalo más allá de lo que merecemos. ¡Reflexionemos sobre estas tres cosas hoy y durante el resto de la Cuaresma, y ​​nuestra Pascua será una de verdadera acción de gracias!

Oración

Señor, deseo ser libre de todo pecado para poder vivir en la libertad de ser Tu hijo. Ayúdame, querido Señor, a enfrentar mi pecado con honestidad y apertura. Dame el valor que necesito para admitir mi pecado en el Sacramento de la Reconciliación, para que pueda regocijarme en todo lo que me has dado a través de Tu sufrimiento y muerte. Jesús, en Ti confío.

Jueves de la Quinta Semana de Cuaresma: El poder del discurso destructivo

Jesús dijo a los judíos: “Amén, amén, de cierto os digo, el que guarda mi palabra, no morirá jamás”. Entonces los judíos le dijeron: “Ahora estamos seguros de que estás poseído”. Juan 8, 51–52

Es difícil imaginar algo peor que pueda decirse de Jesús. ¿Realmente pensaron que estaba poseído por el maligno? Parece que sí. Qué cosa más triste y extraña para decir sobre el Hijo de Dios. Aquí está Dios mismo, en la persona de Jesús, ofreciendo una promesa de vida eterna. Él revela la Verdad sagrada de que la obediencia a Su Palabra es el camino a la felicidad eterna y que todos necesitan conocer esta Verdad y vivirla. Jesús habla esto libre y abiertamente, pero la respuesta de algunos de los que escuchan este mensaje es profundamente decepcionante, calumniosa y maliciosa.

Es difícil saber qué estaba pasando en sus mentes para que dijeran tal cosa. Quizás estaban celosos de Jesús, o quizás simplemente estaban seriamente confundidos. Cualquiera que sea el caso, hablaron algo que fue seriamente dañino.

El daño de tal declaración no fue tanto hacia Jesús; más bien, era perjudicial para ellos mismos y para quienes los rodeaban. Jesús podía manejar personalmente cualquier cosa que se hablara de Él, pero otros no. Es importante entender que nuestras propias palabras pueden hacernos mucho daño a nosotros mismos y a los demás.

En primer lugar, sus palabras los dañaron a sí mismos. Al hacer públicamente una declaración tan errónea, comienzan a descender por el camino de la obstinación. Se necesita una gran humildad para retractarse de tal declaración en el futuro. Así es con nosotros. Cuando verbalizamos algo que daña a otro, es difícil retractarse. Es difícil disculparse después y reparar la herida que hemos causado. El daño se hace principalmente a nuestro propio corazón en el sentido de que es difícil dejar de lado nuestro error y seguir adelante con humildad. Pero esto debe hacerse si queremos deshacer el daño.

En segundo lugar, este comentario también hizo daño a quienes estaban escuchando. Algunos pueden haber rechazado esta declaración maliciosa, pero otros pueden haberla considerado y comenzado a preguntarse si, de hecho, Jesús estaba poseído. Así, se sembraron semillas de duda. Todos debemos darnos cuenta de que nuestras palabras afectan a los demás y debemos esforzarnos por pronunciarlas con el mayor cuidado y caridad.

Reflexionemos hoy sobre nuestro propio discurso. ¿Hay cosas de las que hemos hablado con otros que ahora nos damos cuenta de que eran erróneas o engañosas? Si es así, ¿hemos tratado de deshacer el daño retractándonos de sus palabras y disculpándonos? Reflexionemos también, sobre el hecho de que es fácil ser arrastrado a la conversación maliciosa de los demás. ¿Nos hemos dejado influenciar por tales conversaciones? Si es así, resolvamos silenciar nuestro oídos a tales errores y busquemos maneras de decir la verdad.

Oración

Señor de toda Verdad, dame la gracia de pronunciar santas palabras que siempre te den gloria y reflejen las eternas Verdades vivas en Tu Corazón. Ayúdame a ser también consciente de las mentiras que me rodean en este mundo de pecado. Que Tu Corazón filtre los errores y permita que solo las semillas de la Verdad sean plantadas en mi mente y corazón. Jesús, en Ti confío.

Viernes de la Quinta Semana de Cuaresma: La Crucifixión se acerca

Los judíos recogieron piedras para apedrear a Jesús. Jesús les respondió: “Os he mostrado muchas buenas obras de mi Padre. ¿Por cuál de ellas me queréis apedrear? Juan 10, 31–32

A medida que nos acercamos a la Semana Santa y al Viernes Santo, comenzamos a ver que el odio hacia Jesús crecía. Tal como vimos en la reflexión de ayer, esto no tiene sentido. Odiar a Jesús y desear apedrearlo hasta la muerte es un acto de la mayor irracionalidad. Pero esto es lo que sucedió. Poco a poco, los que estaban en contra de Jesús crecieron en audacia hasta que llegó el día final cuando Él entregó Su vida por nosotros y voluntariamente abrazó Su muerte.

Durante las próximas dos semanas es bueno enfrentar esta irracionalidad y persecución de frente. Es bueno ver el odio de tantos y nombrarlo por lo que es. No, no es un pensamiento agradable, pero es la realidad. Es el mundo en el que vivimos. Y es una realidad que todos enfrentaremos en nuestras vidas.

Al enfrentar el mal y la persecución, debemos hacerlo como lo hizo Jesús. Lo enfrentó sin miedo. Lo enfrentó con la verdad y nunca aceptó las mentiras y calumnias que tantos le arrojaron.

El hecho es que cuanto más nos acerquemos a Dios, mayor será la persecución y el odio que encontraremos. Una vez más, esto puede no tener sentido para nosotros. Es fácil pensar que si estamos cerca de Dios y luchamos por la santidad todos nos amarán y nos alabarán. Pero no fue así para Jesús y tampoco lo será para nosotros.

Una clave para la santidad es que en medio de la persecución, el sufrimiento, las dificultades y el dolor, nos mantengamos firmes en la verdad. Siempre es tentador pensar que debemos estar haciendo algo mal cuando las cosas no salen como queremos. Es fácil confundirse con las mentiras y calumnias que el mundo nos lanza cuando tratamos de defender la bondad y la verdad. Una cosa que Dios quiere de nosotros, en medio de nuestras propias cruces, es purificar nuestra fe y decidir permanecer firmes en Su Palabra y Verdad.

Cuando nos enfrentamos a alguna cruz o alguna persecución puede sentirse como recibir un golpe en la cabeza. Podemos sentir que estamos aturdidos y podemos caer en el miedo y el pánico. Pero estos son los momentos, más que cualquier otro, en los que debemos mantenernos firmes. Necesitamos permanecer humildes pero profundamente convencidos de todo lo que Dios nos ha dicho y revelado. Esto profundiza nuestra capacidad de confiar en Dios en todas las cosas. Es fácil decir que confiamos en Dios cuando la vida es fácil, es difícil confiar en Él cuando la cruz que enfrentamos se vuelve pesada.

Reflexionemos hoy sobre el hecho de que no importa cuál sea nuestra cruz, es un regalo de Dios en el sentido de que Él desea fortalecernos para un propósito mayor. Como dijo el gran San Juan Pablo II una y otra vez durante su pontificado, “¡No tengáis miedo!” Enfrentemos nuestros miedos y dejemos que Dios nos transforme en medio de ellos. Si lo hacemos, descubriremos que nuestras mayores luchas en la vida en realidad se convierten en nuestras mayores bendiciones.

Oración

Mi valiente Señor, a medida que nos acercamos a la conmemoración de Tu propio sufrimiento y muerte, ayúdame a unir mis cruces a las Tuyas. Ayúdame a ver en mi lucha diaria Tu presencia y tu fuerza. Ayúdame a ver el propósito que tienes para mí en medio de estos desafíos. Jesús, en Ti confío.

Sábado de la Quinta Semana de Cuaresma: Un hombre debía morir

Pero uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: "Vosotros nada sabéis, ni pensáis que es mejor que muera un solo hombre por el pueblo y no perezca toda la nación" Juan 11, 49–50

Como en la reflexión del día anterior, es importante que empecemos a poner nuestro foco en el sufrimiento y muerte de Jesús. La Semana Santa comienza este domingo, por lo que esta es la época del año en que Dios quiere que miremos fijamente a Su Cruz. Es importante mirarlo desde todos los ángulos, para tratar de entender lo que estaba pasando, lo que estaba experimentando Jesús, lo que estaban experimentando los discípulos e incluso lo que estaban experimentando los fariseos y los sumos sacerdotes.

En el Evangelio de hoy citado arriba, vemos el pensamiento de Caifás, el sumo sacerdote. Sus palabras son interesantes porque son tristes y proféticas al mismo tiempo. Él, junto con los otros principales sacerdotes y fariseos, estaban comenzando a planear la muerte de Jesús. Pero lo revelador es la aparente motivación de Caifás y los demás.

Jesús estaba ganando popularidad y tenían miedo de que esta popularidad agitara las cosas con los romanos. También estaban celosos de que Jesús hubiera atraído a tantos. Entonces Caifás ofrece la lógica retorcida de que es mejor que muera un hombre en lugar de que muera toda la gente. En otras palabras, parecía pensar que debido a que Jesús se estaba volviendo tan popular, y la gente escuchaba a Jesús más que a los principales sacerdotes y fariseos, que era mejor eliminar el "problema" para que las cosas pudieran volver a la normalidad.

Esto revela el hecho de que los fariseos estaban más preocupados por ellos mismos y por su estatus que por la Verdad. Es sorprendente que una de sus críticas a Jesús fuera que estaba haciendo demasiadas señales y prodigios. Que extraño. Si los principales sacerdotes y los fariseos estuvieran interesados ​​en la Verdad, también habrían visto la gloria y la autoridad divina de Jesús y habrían llegado a creer en Él y a seguirlo. Pero no pudieron tragarse su orgullo y aceptar el llamado de seguir a alguien más que a ellos mismos. No podían dejar ir su posición de autoridad.

A menudo vemos esta misma experiencia en nuestra vida diaria. Queremos ser el centro de atención. Y muy a menudo, cuando vemos que a alguien le va bien o recibe elogios, podemos sentirnos celosos. Y nuestros celos a menudo pueden convertirse en una forma de envidia. La envidia significa que estamos enojados y entristecidos por las bendiciones de otro. Esto puede llegar a superarnos y hacer que queramos verlos caer.

El ideal es ser uno de esos fieles seguidores de Jesús. Esto es especialmente importante para reflexionar la semana que viene mientras presenciamos el crecimiento de la hostilidad hacia nuestro Señor. ¿Qué haríamos si estuvieramos allí? ¿Seguiríamos estando con Jesús a pesar de los ataques de los demás? A medida que creciera la hostilidad hacia Jesús, ¿nos alejaríamos de Él o nos acercaríamoss más a Él en amor y compromiso?

Reflexionemos hoy sobre la próxima conmemoración de la persecución de nuestro Señor. Dejemos que nuestra mente comience a reflexionar sobre las muchas reacciones y experiencias que la gente tuvo esa primera Semana Santa. Pongámonos en sus zapatos y tratemos de vivirla con Jesús. El objetivo es encontrarnos allí al pie de la Cruz con Él el Viernes Santo con amor y valentía, estando junto a Él y amándolo en cada paso del camino.

Oración

Mi Señor perseguido, que te siga en esta próxima Semana Santa. Que tenga el amor que necesito para amarte aun en Tu rechazo y dolor. Ayúdame a despojarme de toda envidia y egoísmo y a verte especialmente en los sufrimientos de los demás y en su bondad. Jesús, en Ti confío.

Oración para confiar en la Divina Misericordia

Jesús misericordiosísimo, me dirijo a Ti en mi necesidad. Eres digno de mi completa confianza, eres fiel en todas las cosas.

Cuando mi vida esté llena de confusión, dame claridad y fe. Cuando tenga la tentación de desesperarme, llena mi alma de esperanza.

Jesús misericordiosísimo, confío en Ti en todas las cosas, confío en Tu plan perfecto para mi vida, confío en Ti cuando no puedo comprender Tu Divina Voluntad, confío en Ti cuando todo se siente perdido.

Jesús, confío en ti más de lo que confío en mí mismo.

Jesús misericordiosísimo, Tú lo sabes todo, nada está más allá de Tu vista

Eres todo amoroso, nada en mi vida está más allá de Tu preocupación.

Eres todopoderoso, nada está más allá de Tu gracia.

Jesús misericordiosísimo, yo confío en ti.

Jesús misericordiosísimo, yo confío en ti.

Jesús misericordiosísimo, yo confío en ti.

Haz que pueda confiar en Ti siempre en todas las cosas, que me rinda diariamente a Tu Divina Misericordia.

Santísima Virgen María, Madre de Misericordia, ruega por nosotros cuando recurrimos a ti en nuestra necesidad.

Finalizamos con la siguiente oración mientras nos santiguamos

Que el Señor nos bendiga, nos proteja de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.

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