Oraciones

Padre Nuestro, origen y explicación de la oración

Padre Nuestro y su origen
Carl Bloch [Public domain]

“Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará
también a vosotros vuestro Padre celestial;
pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre
perdonará vuestras ofensas.” Mateo 6: 14-15

Todos sabemos que le Padre Nuestro tiene su origen en la Biblia y fue enseñada por Jesús a sus discípulos para mostrarles el modo correcto de orar, lo cual podemos encontrar en los evangelios de Mateo (Mt 6: 9-13) y de Lucas (Lc 11: 1-4).

Con esta oración, Jesús rompe con las actitudes que alejaban al hombre de Dios, y busca una sencillez que facilite el diálogo con Dios Padre.

Es considerada por los católicos como el resumen de la doctrina cristiana y para los ortodoxos y protestantes es el modelo de oración cristiana.

Debemos entender que Jesús no la enseñó para que fuera repetida mecánicamente, sino para que de esta forma, aprendamos a orar a Dios Padre, presentándole nuestra alabanza, sometiéndonos a Su voluntad, pidiendo perdón y presentándole nuestras necesidades y peticiones.

Por eso lo importante es, aunque lo sepamos de memoria, rezarlo sintiendo cada frase.

Padre Nuestro

Padre Nuestro, que estás en el Cielo,
santificado sea Tu nombre.

Venga a nosotros tu reino,
hágase Tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

No nos dejes caer en tentación
y líbranos del mal.

Amén

Doxología final:

Este final alternativo podemos agregarlo con el fin de manifestar que Dios es un ser absoluto y supremo, y que no tiene principio ni fin. Esta parte se denomina doxología final.

“Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por siempre”.

Explicación del Padre Nuestro

En el Padre Nuestro, las tres primeras peticiones tienen por objeto la Gloria del Padre: la santificación del nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a nuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal.

Al pedir: “Santificado sea tu Nombre” entramos en el plan de Dios, la santificación de su Nombre —revelado a Moisés, después en Jesús— por nosotros y en nosotros, lo mismo que en toda nación y en cada hombre.

En la segunda petición, la Iglesia tiene principalmente a la vista el retorno de Cristo y la venida final del Reino de Dios. También ora por el crecimiento del Reino de Dios en el “hoy” de nuestras vidas.

En la tercera petición, rogamos al Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para realizar su Plan de salvación en la vida del mundo.

En la cuarta petición, al decir “danos”, expresamos, en comunión con nuestros hermanos, nuestra confianza filial en nuestro Padre del cielo. “Nuestro pan” designa el alimento terrenal necesario para la subsistencia de todos y significa también el Pan de Vida: Palabra de Dios y Cuerpo de Cristo. Se recibe en el “hoy” de Dios, como el alimento indispensable, lo más esencial del Festín del Reino que anticipa la Eucaristía.

La quinta petición implora para nuestras ofensas la misericordia de Dios, la cual no puede penetrar en nuestro corazón si no hemos sabido perdonar a nuestros enemigos, a ejemplo y con la ayuda de Cristo.

Al decir: “No nos dejes caer en la tentación”, pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.

En la última petición, “y líbranos del mal”, el cristiano pide a Dios, con la Iglesia, que manifieste la victoria, ya conquistada por Cristo, sobre el “príncipe de este mundo”, sobre Satanás, el ángel que se opone personalmente a Dios y a su plan de salvación.

Con el “Amén” final expresamos nuestro “fiat”, refrendando por medio de este Amén, que significa “Así sea” (cf Lc 1, 38), lo que contiene la oración que Dios nos enseñó» (San Cirilo de Jerusalén, Catecheses mystagogicae, 5, 18).

Muy pronto, la práctica litúrgica concluyó la oración del Señor con una doxología. En la Didaché (8, 2) se afirma: “Tuyo es el poder y la gloria por siempre”, la cual vuelve a tomar, implícitamente, las tres primeras peticiones del Padrenuestro: la glorificación de su Nombre, la venida de su Reino y el poder de su Voluntad salvífica. Pero esta repetición se hace en forma de adoración y de acción de gracias, como en la Liturgia celestial (cf Ap 1, 6; 4, 11; 5, 13). El príncipe de este mundo se había atribuido con mentira estos tres títulos de realeza, poder y gloria (cf Lc 4, 5-6). Cristo, el Señor, los restituye a su Padre y nuestro Padre, hasta que le entregue el Reino, cuando sea consumado definitivamente el Misterio de la salvación y Dios sea todo en todos (cf 1 Co 15, 24-28).

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